Los violentos y la estética


Fotograma de "2001, una odisea en el espacio" (1968) de Stanley Kubrick
Fotograma de “2001, una odisea en el espacio” (1968) de Stanley Kubrick

Se equivocan los trasnochados que piensan que la violencia es un problema ético. Porque pese a lo que pueda parecer a primera vista, la violencia es, por encima de todo, una cuestión estética. Por eso no faltan burdos revolucionarios de tres al cuarto que confunden la lucha de clases con el merchandising de camisetas del Che Guevara. Son esos que se sienten legítimos herederos de Durruti rompiendo marquesinas, como si ese acto simbolizara la misma inflexión que en su día tuvo el reclinar de cabeza de una marquesa sobre la áspera y cortante estructura de una guillotina.

La acción pierde en estos casos su condición subversiva para recrearse como gesto estético. De este modo, la política desaparece para dejar paso a la performance, al nihilismo con vocación transgresora de cortos vuelos. Cortos y estériles. Porque, en última instancia, estas intervenciones nunca conseguirán transmitir la inocente frescura de un desnudo Adriano Pino lanzando pétalos de flor a la Venus de Botticelli. Ni la poética siniestra de Piotr Pavlenski cuando clavó sus testículos a martillazos en los adoquines de la Plaza Roja. Frente a ellos el autocomplaciente radical se caracteriza por el simplísimo de sus trazos, su gesto sobreactuado.

Y la tosquedad afea los paisajes urbanos, como las cagadas de estorninos y palomas ensucian los parques y plazoletas. Porque ya lo hemos dicho, la violencia, en estos tiempos de diseño, ha de empaparse de estética o no ser nada. Simple vandalismo equiparable a aquellos bárbaros que en otra época chocaban contra las armoniosas legiones romanas impregnadas de helenismo, o aquel salvajismo primitivo incapaz de hacer sombra al colonial bigotillo cocainómano de Errol Flynn o a la elegancia de los lanceros bengalíes.

Por eso los grandes expertos en la violencia, los que se dedican profesionalmente a trabajar este arte  y no lo afrontan como simples aficionados, saben que lo primero a tener en cuenta es la necesidad de cuidar las formas. De ahí la importancia que a la hora de poner en práctica sus conocimientos, estos especialistas de la fuerza (bien entendida, por supuesto) otorgan a las formaciones, los desfiles y, especialmente, los uniformes. Es así como el selectivo Armani se diseñará para las los entrenados en operaciones de violencia de guante blanco, como los recortes y ajustes que garantizan el derecho de pernada a las huestes de Wall Street, o los 184 desahucios dictados cada día por doctos jueces españoles en el último año. El equipamiento más funcional y efectivo, aunque no por ello menos elegante, está destinado al cuerpo a cuerpo del choque callejero, perfectamente combinado con los toques azules de las sirenas y los fogonazos anaranjados propulsores de pelotas de goma. Por último, los tonos más sombríos, con esvástica y otros complementos, se reservarán para aquellos casos que las circunstancias consideren de fuerza mayor.

Es tan decisiva esta obsesión por las etiquetas y el virtuosismo de sastrería que hasta la NASA acaba de convocar un democrático concurso para elegir el uniforme con que sus cosmonautas afrontarán la conquista de Marte, no vaya a ocurrir que se topen con alienígenas de elegantes pretensiones y les dejen en ridículo cósmico por culpa de las apariencias. O peor aún, no vayan a tomarles como unos vulgares invasores hechos unos zorros; pues, al fin y al cabo, cualquier cosa puede esperarse de un planeta que se vanagloria de su condición de Rojo.

En suma, la violencia debe ser elegante para hacerse de respetar. No quiere decir esto, claro, que la gesta del radical ingenuo y vulgar, que arremete contra un cajero automático con la determinación con que se enfrentaría a los molinos de viento del capital, sea inútil. No, para nada. Tiene la virtud de salir en los telediarios, de asustar a las miradas inocentes, de amedrentar a los ancianos de ánimo, de facilitar la caricaturización de la revuelta. Pero sobre todo, son impagables para facilitar la entrada en escena al galope desbocado de los elegantes uniformados.

Por eso nunca faltará un espacio para ellos en los informativos, mientras los anónimos don Nadie nunca encontrarán en la televisión esos 15 minutos de gloria que, al certero parecer de Andy Warhol, cualquier infeliz se merece. Claro que a estos tampoco les importa. Porque los don Nadie nunca han pretendido protagonizar alguna gesta: ni cuando viajan en autobús al trabajo, ni cuando discuten sus angustias por las esquinas, ni cuando dejan ver por las calles con ánimo de protesta. Ni siquiera cuando las circunstancias les han empujado a levantar, torpemente, barricadas. Ellos solo aspiran a que las cosas cambien. Por eso son silenciados. Por eso son tan peligrosos. Por eso son apaleados de múltiples formas, pero siempre fuera del foco de las cámaras

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