Los sacrificios


El sacrificio, como el sexo, presenta habitualmente dos posibles actitudes: la activa y la pasiva. En la primera somos nosotros quienes aceptamos la tragedia con la esperanza de que ésta sirva para alcanzar aquello que, con mayor o mejor claridad, consideramos el bien o la salvación de los demás. Así, Alexander, el personaje de la película de Tarkovski, asume poéticamente su inmolación para evitar el holocausto nuclear a la humanidad, del mismo modo que Jesús se entrega a la cruz, aunque en algún momento lamente la amargura del cáliz, para salvarnos de nuestros pecados, o el fanático hace estallar los explosivos que reventarán su cuerpo con la esperanza de que la deflagración encarrile este mundo descarrilado.

Luego está el otro sacrificio, el impuesto para aplacar la ira de los dioses, reduciendo a la víctima a la mera condición de chivo expiatorio. La actriz Fay Wray lo ejemplificó a la perfección en el clásico de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, al encarnar a la bella heroína ofrendada a las fauces del temido King Kong para tratar de aplacar su furia. Paradójicamente, acabaría siendo la bestia quien terminaría sacrificándose por la bella sobre la cumbre del Empire State, toda una premonición del 11S que John Guillermin subrayaría sin saberlo con su remake de 1976 al situar la escena final en el Word Trade Center, al tiempo que reforzaba el erotismo del filme con la sensual presencia de Jessica Lange.

Aunque el pasivo y el activo son las clases más habituales de sacrificios, la complicada mente humana ha imaginado muchas otras variedades, desde las más livianas, como esa que nos incita a sacrificar los postres en busca de una buena línea, a las más complejas y hasta enfermizas. De entre estas últimas, puede que la más freudianamente enrevesada sea el caso de Abraham y su hijo Isaac. En él confluyen a un tiempo los dos casos comunes. De este modo, el patriarca se sacrifica asumiendo el insufrible dolor paterno de tener que convertir a Isaac, por un simple capricho divino, en víctima inocente y pasiva. La historia, con todo, tuvo un final feliz cuando en el último instante, Yahvé reconoció que todo había sido una broma, un tuit desafortunado y de mal gusto por el que, en cualquier caso, no tenía previsto pedir perdón, ni menos aún dimitir.

Son precisamente estas complejas fusiones las que mayor vigencia tienen en el revitalizado panorama actual de los sacrificios. Lo estamos viendo a propósito de Grecia, al comprobar cómo los tecnócratas de Bruselas insisten en condenar al pueblo heleno a tener que elegir entre sacrificarse voluntariamente ante la verdad neoliberal revelada, o ser sacrificados sin misericordia para aplacar el insaciable apetito del dios de la austeridad. Una condena, por otra parte, aplicada con especial saña contra la descarriada víctima propiciatoria que se atrevió a imaginar que era posible un argumento diferente a las sagradas escrituras redactada por los chicos de Chicago.

La misma tozuda insistencia con que se nos recomienda a nosotros que no dejarse encantar por tentadores cantos de sirena y asumir con gozo nuevos sacrificios, como el ahorro propuesto a los jóvenes por el gobernador del Banco de España, Luis Linde, ante la incertidumbre de su futuro pese a la resurrección económica anunciada por Rajoy. En ambos caso, en el griego y el español, aunque el afán por convertir las consignas económicas en verdades sagradas, mantenga ese halo religioso en el fenómeno, lo cierto es que se trata de una realidad más bien fría y racional. En última instancia nos encontramos frente a la lógica del ajedrecista que va sacrificando todas sus piezas si es necesario, empezando por los peones, llevado por un único objetivo: ganar la partida para mayor beneficio del rey.

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