Los precipicios de la amistad


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La amistad es un raro sentimiento que solo se demuestra, dicen, en los momentos difíciles. Tal vez por eso el cine ha encontrado en ella un tema propicio. Si además le sumamos situaciones límite y paisajes exóticos, la combinación nos dejará algunos de los títulos de las más bellas películas de todos los tiempos. Así, Michael Curtiz cerró de forma sublime su maravillosa Casablanca (1942) con el inicio de esa gran amistad que iba a unir en el compromiso antifascista al duro Rick, encarnado por Humphrey Bogart, y al cínico capitán Renault, interpretado por Claude Rains.

No menos memorable es la película de George Roy cuyo título en español subrayaría el componente trágico que ligaba a sus protagonistas: Dos hombres y un destino (1969). En ella Paul Newman y Robert Redford dieron vida a las correrías delictivas de Butch Cassidy y Sundance Kid y su huida hacia tierras bolivianas. Todo un western crepuscular empapado de la atmósfera hippy del momento, cargado de un vitalismo y canto a la juventud que encontrará su más intensa plasmación en la célebre escena en que sus protagonistas buscan la salvación saltando al vacío de un acantilado.

Un salto que, en cierto sentido, nos será evocado irremediablemente por el famoso final de la cinta de Ridley Scott, Thelma y Louise (1991). Aquel Ford Thunderbird descapotable del 66 volando hacia la nada del Cañón del Colorado, será la metáfora absoluta de ese irrenunciable amor a la libertad latiendo en la aventura recreada por Susan Sarandon y Geena Davis, dos mujeres unidas por la determinación de una huida y el deseo de vida.

En cualquier caso, para mí, si existe un filme que sabe unir con total maestría los tres vértices de la amistad, aventura y celuloide es, sin ninguna duda, El hombre que pudo reinar (1974). La magistral adaptación hecha por John Huston del relato de Ruyard Kipling nos presenta así un triángulo perfecto donde la lealtad, la camaradería y la búsqueda de los sueños se convierten en un viaje sin retorno posible. A él se entregan sus protagonistas con determinación pese a saber que al final solo puede esperarles una fatalidad que acabará costándole la cabeza al personaje de Sean Connery. Y la locura al encarnado por Michael Caine, tras su angustioso paseo, como no, por aquel precipicio del legendario reino de Kafiristán.

Todo ello no se explicaría sin la intensidad de sentimientos que habita dentro de la amistad. Una emoción tan fuerte que cuando se vive con toda su fuerza solo puede ser comparable al amor pasional, al deseo físico. No es extraño por ello que no pocas pasiones carnales, especialmente homosexuales, hayan quedado disimuladas a lo largo de la historia en los castos brazos de la amistad. Al fin y al cabo, se trataría de un sentimiento con la misma fuerza que el amor pero sin sexo. O casi, ya que en algunas ocasiones la amistad se compadece y nos deja ese maravilloso y placentero derecho al roce.

Ignoro si entre Jorge Fernández Díaz y Rodrigo Rato existe derecho al roce o no. De lo que no me cabe la menor duda es que entre ambos ha ido madurando una fuerte amistad alimentada durante treinta años. Es de esas amistades eternas, como las que solo pueden nacer en el patio de un colegio, o de una cárcel. Es uno de esos lazos para toda la vida, valiente y sincera, ajena al qué dirán por un encuentro inoportuno en un lugar inapropiado. No es un caso aislado. De hecho si algo no se puede negar es que a los políticos de la derecha española les gusta ser amigos de sus amiguitos del alma, que diría el cariñoso Francisco Camps. Por eso a Javier Bárcenas nunca le faltó un SMS de ánimo ante la adversidad, como a otros no les faltan jueces en los tribunales que sean casi como de la familia.

Les falla, eso sí, el entorno. Y es que los despachos institucionales son espacios poco propicios para la evocación y la aventura. Por eso, Fernández Díaz y Rato nunca serán Rick y el capitán Renault, ni Butch Cassidy y Sundance Kid, ni Thelma y Louise, ni Danny Dravot y Peachy Carnehan del filme de Huston. Bueno, por eso y porque en esta película, siempre somos nosotros lo que acabamos cayendo por los precipicios.

Publicado en Cartelera Turia

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