África, entre el muñón y la esperanza



Cuando África existe, cuando el continente negro logra alcanzar esa mínima visibilidad que le otorga un fugaz instante en los telediarios, es para convertirse en metáfora del espanto. En otro tiempo, su nombre femenino llegaba envuelto por el evocador tronar de los tambores, las últimas y esperadas noticias sobre la pugna entre Speke y Burton por alcanzar las fuentes del Nilo, el rugir de leones tras los pasos perdidos del doctor Livingston o la cristiana búsqueda del buen salvaje, demasiado inocente para afrontar solo, sin la férrea disciplina misionera, la tentadora naturaleza sensual que le rodeaba.

Eran los tiempos en que el colonialismo se adentraba por el Níger con la sonrisa entusiasta del progreso en el rostro y la voracidad de los viejos buques negreros oculta en las entrañas. Luego llegarían los Bokassa para garantizar que nunca les faltaran los diamantes a los Valèry Giscard D’Estaing de turno en los consejos de ministros o las juntas de accionistas. Y los bienpensantes del mundo libre decidieron que había llegado el momento de olvidarse de África, pues la discreción es la mejor consejera de los negocios.

Para cuando Francis Fukuyama anunció el fin de la historia, el continente ya había desaparecido. Sólo algunos documentales en canales de mínima audiencia, recordaban a los telespectadores que África continuaba viva, pero sólo como paisaje, como refugio de fauna salvaje, sin gente, vacía. Por eso nadie entendía nada cuando el primer machetazo cayó sobre Ruanda. Sólo quedó el rostro desencajado ante el horror y la matanza.

Desde entonces África es la geografía del terror que periódicamente asalta nuestras sobremesas con el dilema de adivinar cuál es la mayor catástrofe: ¿Darfur? ¿Somalia? El mítico paraíso que vio dar sus primeros pasos al hombre se ha convertido hoy en la tierra de podredumbre origen del Sida, una balsa de Medusa a la deriva de la que todos quieren escapar en los cayucos de la desesperanza amenazando así nuestras cálidas costas de tranquilidad.

Y en la mirada selectiva de hoy sobre África, como en la de ayer, no existe espacio para el africano. Ni siquiera ese mínimo respeto distante que planteara Conrad cuando se asomaba al corazón de las tinieblas. Así se enmudece la voz crítica del continente y se evitan los recuerdos incómodos para nuestra autocomplacencia. Recuerdos como los de Thomas Sankara que hastiado del papel de víctima o verdugo que el guión reserva a los habitantes del continente, decidió escribir un nuevo relato para hombres y mujeres dignos y lo llamó Burkina-Faso. Al volante de un Renault-5 se adentró por los duros caminos de una revolución que buscaba la ingenua meta de la felicidad. Era consciente de que los cambios necesarios llegaban tarde, pero también estaba convencido de la necesidad de impulsarlos antes de que fuera demasiado tarde.

Un 15 de noviembre los africanos se despertaron estremecidos por la noticia del asesinato de Sankara. Hace sólo veinte años de aquella muerte que contó con todas las bendiciones de François Mitterrand. Pero este aniversario no ha provocado ni una sola línea en la prensa española tan propensa a las conmemoraciones. Su perfil rebelde y orgulloso no encaja en ese escenario del espanto que debe ser África.

Es más amable seguir el concurso de Miss Mina antipersonal promovido por el noruego Morten Traavik con fondos europeos. Las finalistas, seleccionadas entre miles de aspirantes tullidas, siguen nerviosas la marcha de las votaciones. La ganadora obtendrá como premio una espléndida prótesis de última generación, generosamente donada por una empresa nórdica. El resto de África seguirá condenada al muñón.

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