Las dudas


René Descartes nos recordó hace tiempo que la duda es buena consejera en el difícil camino del conocimiento. El dogma es enemigo de la curiosidad y una mínima dosis de duda es, posiblemente, el mejor antídoto contra la intransigencia. Si el filósofo francés aplicaba la receta al campo de la investigación, no parece menos apropiado el remedio para los delicados males de la política.

Y, sin embargo, la duda cartesiana parece un recurso cada vez más en desuso en nuestras decadentes y autosatisfechas democracias. Si las gigantescas letras que componían la palabra ZWEIFEL(1), con que el artista nórdico Lars Lamberg coronó el Palast der Republik de Berlín, el antiguo parlamento de la RDA, estaban cargadas de escepticismo ante la caída del muro, la decisión de la canciller Angela Merkel de eliminar el oxidado edificio de las orillas del río Spree no está menos llena de metafórica certeza. En la nueva Europa neoliberal del siglo XXI no hay espacio para la duda.

Como tampoco lo hay en los Estados Unidos, donde la gastada democracia alabada un día por Alexis de Tocqueville se rinde ante los herederos del senador Mcarthy empeñados en dar en Guantánamo una última vuelta de tuerca a su obsesiva caza de brujas. Frente al terrorista, como ayer frente al comunista o al hereje, no cabe la duda: sólo la implacable determinación. Más aún, la mínima vacilación resultará sospechosa.

De este modo, el terrorista, encarnación del Mal como el Ángel Caído, ni siquiera necesita materializar su maldad. Y si a los ojos de Dios un mal pensamiento es suficiente para la condena eterna, a los ojos del Estado postmoderno y globalizado un pensamiento inadecuado merece la respuesta de todo el peso de ley. En Guantánamo… o en Madrid.

Por eso es irrelevante que al medio centenar de imputados en el proceso 18/98 no se les acuse de ningún atentado, ni de comprar explosivos. Simplemente, pertenecían a la izquierda abertzale, lo que irremediablemente les convierte en miembros de ETA y, por lo tanto, en merecedores de 527 años y seis meses de prisión. A fin de cuentas, como señala el informe del fiscal, ¿acaso no buscaban “impulsar la revolución desde dentro del sistema democrático”?.

También ANV forma parte de la izquierda abertzale. Aunque ellos mismos siempre se definieron así, lo ha descubierto ahora la Guardia Civil. Y lo ponen por escrito, en rigurosos informes de los servicios de benemérita inteligencia, cuya sola existencia evidencia las peores sospechas. Por eso habrá que ilegalizarla, y luego encarcelar a sus líderes o, incluso, quién sabe, a sus miles de votantes.

Más aún, tal vez algún día sea necesario ilegalizar o encarcelar a esos afiliados, votantes o simpatizantes de IU o del PCE –puede que incluso a algún despistado socialista- que aspiran a realizar la revolución desde dentro del sistema democrático. Como si pensar que el objetivo de la democracia es posibilitar la transformación social y política sin recurrir a la violencia, no les convirtiera en sospechosos de ingenuidad.
No, frente a las ideas inapropiadas no cabe la duda, ni el titubeo, ni la indecisión. Mariano Rajoy, Ángel Acebes y Eduardo Zaplana están vigilantes. Y los asesores de José Luis Rodríguez Zapatero recomiendan un giro al centro.

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(1) “Duda” en alemán
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