Camps, los milagros y la fórmula 1


La velocidad provoca en los selectos círculos de la economía y la derecha política una extraña atracción. Tal vez sea porque su conservadurismo moral encuentra en el rugir de los motores y en el espeso olor de los neumáticos, un sustituto idóneo de esos desahogos eróticos confinados en las clandestinas catacumbas de sus dobles vidas. O tal vez sólo sea por esa atracción nihilista hacia el vértigo que a menudo sienten aquellos que ya se saben poseedores de todo lo que se pueda esperar.
Sea cual sea la razón, lo cierto es que esa inclinación por los coches y las carreras parece adueñarse de esos exquisitos propietarios de las altas esferas. Uno de los casos más famosos lo encarnó Mark Thatcher, el hijo de quien fuera punta de lanza junto con Augusto Pinochet y Ronald Reagan de la imposición a sangre y fuego del neoliberalismo. La afición al volante y al riesgo del hijo de la Dama de Hierro le llevó, allá por 1982, a embarcarse en la carrera del París-Dakar donde protagonizaría la involuntaria aventura de extraviarse de la ruta y permanecer durante casi una semana perdido en las tórridas arenas del desierto.
En cualquier caso, tampoco por las Españas han faltado espíritus inquietos entre la buena sociedad, dispuestos a dejarse seducir por el rechinar de los neumáticos sobre el asfalto. Buena prueba de ello son estas tierras valencianas, siempre dispuestas a fastos tan desmesurados como fugaces. Aquí Francisco Camps y Rita Barberá han sabido convertir la promoción de los más variadas pruebas automovilísticas en uno de sus principales reclamos, aprovechando la artificiosa estela de Fernando Alonso prefabricada desde sus monopolios televisivos por el yernísimo de José María Aznar. Surgía así una nueva y no menos santísima trinidad formada por el presidente de la Generalitat, Alejandro Agag y el rey de la Fórmula 1, un Bernie Ecclestone omnipotente y convencido de su hipnótico influjo en hacer y deshacer gobiernos a su antojo.
Consumado el embrujo en forma de Circuito del Motor, sólo queda el desagradable contratiempo de pagar una fórmula mágica que entre otros costosos ingredientes incluye los 3,4 millones de euros del contrato de carreras GP2, la competición en la que se ha especializado Agag como paso previo a su sueño de heredar el imperio de Bernie. Una contrariedad agravada además por la incapacidad del proyecto para generar recursos propios, como evidencian los informes oficiales, y por la imposibilidad de sacarse billetes de una chistera con los que pagar las facturas.

Obstáculos nimios, no obstante, para quienes han hecho del amor por el riesgo y la aventura una fórmula de vida política. Eso sí, una apuesta vital financiada con fondos públicos, como bien conoce Camps que ha sabido convertir las modificaciones de créditos presupuestarios en una suerte de milagro contable de los peces y los panes: se recortan 817.370 euros para rentas de integración social, 738.370 euros para el plan de vivienda, 667.460 del programa para la mejora de los municipios o se mengua en 203.140 euros el programa de ayuda humanitaria. Si todavía no hay suficiente, se puede seguir reclamando el trasvase del Ebro mientras se aminora en 551.930 euros la partida para la depuración de aguas o en 1.245.720 euros los fondos para promover el riego por goteo. Y así, sisando de aquí y de allá, se pueden reunir con facilidad los más de 35 millones de euros que son necesarios –por el momento- para que los valencianos puedan sentir cómo su comunidad con el ímpetu y la emoción de las grandes cilindradas, avanza veloz hacia ninguna parte.
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