De autodeterminaciones y otras bombas


Las incursiones de los aviones y helicópteros turcos sobre las regiones de Zap, Hakurk o Haftanin en busca de guerrilleros del PKK han hecho que la política internacional regrese a la situación en que se hallaba antes de la polémica independencia de Kosovo: la arbitrariedad, la ley del más fuerte, la impunidad. El respaldo de Estados Unidos a esta nueva intervención de Ankara en el norte de Iraq desarma así todos los miedos despertados no sólo entre algunos competidores regionales como Rusia, preocupada porque el ejemplo kosovar se extienda por tierras caucásicas, sino incluso entre ciertos aliados, como el Gobierno español de José Luis Zapatero temeroso de que el influjo balcánico diera alas suficientes a cualquier lehendakari de turno encaprichado en aguarle la campaña electoral.

Sin embargo todo fue un espejismo. Porque la comprensión norteamericana a los ataques contra los kurdos en territorio iraquí –entre democráticos a regañadientes, eso sí, y condicionada, por supuesto, a que, como señaló el Secretario de Defensa, Robert Gates, los turcos se vayan “cuando hayan cumplido su misión”- deja bien a las claras que la voluntad de Washington no era convertir los hechos consumados de Kosovo en un precedente universal de respeto a la autodeterminación. A fin de cuentas, el apoyo de Georges Bush a la independencia kosovar, al margen del derecho internacional, sólo pretendía culminar la construcción de la macrobase militar de Campo Bondsteel. Eso y, de paso, lograr que en vísperas de la entrega de los Óscar los norteamericanos recuperarán unas gotas de autoestima contemplando en sus televisores la imagen de ciudadanos agradecidos enarbolando la enseña de las barras y estrellas por las pobres calles de Pristina, todo un espectáculo para un público resignado hace tiempo a ver la patriótica bandera cubriendo sólo interminables féretros procedentes de Iraq o Afganistán.

Por eso las bombas turcas que hoy estarán cayendo sobre las montañas de Qandil y sus habitantes, son un mensaje claro para los gobiernos preocupados por lo que puedan pensar, entre tantos otros, sus ciudadanos en Chechenia, Palestina, Transnitria, Osetia del Sur, Nagorno Karabaj, Xinjiang, Tibet, Sáhara Occidental, Chipre, Mindanao, Pattani, Québec, o Euskadi. La respuesta a sus temores es clara: señores gobernantes, ustedes pueden seguir haciendo con sus respectivas minorías lo que les dé la gana.

De este modo, la Audiencia Nacional puede insistir estos días en prohibir partidos con la tranquilidad de conciencia que otorga las firmes convicciones democráticas. Y por eso, también, en la región de Mitrovica miles de serbios ignoran cuál será su futuro en el nuevo Kosovo independiente. Tal vez huir, como ya han hecho tantos otros miles de serbios durante los últimos años ante el mutismo de la prensa internacional que había decidido que aquellos infelices formaban parte de los Imperio del Mal. Eso sí, esta vez su posible expulsión estará supervisada por un general español. Todo un consuelo.
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