Arrepentimiento, perdón y penitencia


El arrepentimiento es sin duda la mayor aportación del Catolicismo al pensamiento religioso universal. No es extraño por ello que a diferencia de la ética protestante, que con su determinismo inmisericorde acabó dotando de espíritu originario al capitalismo, la gran aportación económica de la Apostólica y Romana Iglesia haya sido el mercadeo de bulas con las que  comprar el perdón divino. Como no sorprende que frente a la moralina puritana legada por los herederos de Lutero,  el catolicismo haya visto surgir de entre sus filas a libertinos y vividores como Don Juan, rescatados para la eternidad por la mediación de la doña Inés de turno y gracias a un último minuto de oportuna atrición.

Estos días hemos visto, precisamente en Roma, uno de estos sonoros casos de arrepentimiento en la figura de Paolo Gabriele, el díscolo mayordomo de Benedicto XVI. Así, tras su puesta en libertad, el buen servidor ha hecho público su pesar y remordimiento  por haber filtrado documentos del  Santo Padre y ha pedido perdón. Favor que, sin duda, Joseph Ratzinger habrá tenido a bien conceder ya que, en última instancia, el ingenuo de Paolo solo pretendía protegerle de las conspiraciones que, al parecer, se sucedían en su contra.

El perdón se convierte de este modo en el complemento imprescindible del arrepentimiento. Perdón divino en el  Cielo e indulgencia terrenal hacia las debilidades del prójimo. Si se da por descontado que el  Papa bendecirá con su benevolencia al mayordomo, no parece tan seguro que ese gesto alcance a quien fuera el responsable de sus finanzas, Ettore Gotti Tedeschi. Y eso que, en esta ocasión, ha sido la propia Santa Madre Iglesia la que ha logrado la absolución por los pelos del Moneyval, el órgano europeo encargado de vigilar el blanqueo de dinero.  La entidad de control ha dado su gracia al Banco Vaticano, aunque le ha pedido que intente rezar dos padrenuestros y cuatro avemarías de mayor transparencia.

Con todo, parece poco probable que Tedeschi, destituido fulminantemente hace unas semanas, obtenga el perdón papal. Más aún, el burócrata financiero no oculta su temor, incluso por su vida, mostrando así más preocupación por los castigos terrenales que divinos. Temor fundado si tenemos presente que en su memoria todavía estará fresca la muerte en los años 80 del exdirector del Banco Ambrosiano, Roberto Calvi, tras uno de los mayores escándalos en los que se ha visto envuelto el Banco Vaticano. Al fin y al cabo, episodios como estos no dejan de recordarnos que hasta la Iglesia tiene en  “¡Con la banca hemos topado!” su particular versión del dicho cervantino.

En cualquier caso, este juego de perdones y arrepentimientos ha permitido a la Iglesia ser durante más de dos milenios la primera defensora de poner siempre una vela a Dios y otra al Diablo. Claro que es cierto que en todo este tiempo no han faltado católicos que han considerado hipócritas estos usos y no han dudado en denunciarlos como prácticas contrarias al cristianismo. Otros, sin embargo, conscientes de la mala imagen de la hipocresía, han optado por refugiarse en el disimulo, vistiendo los hábitos de la beatería, cuando no abrazando las tentaciones del cinismo. Estos fueron quienes aportaron el tercer gran elemento de la religiosidad de Roma: la penitencia.

La muy católica derecha española es famosa por su pertenencia a este último grupo. Lo prueba el fervor  con que en los últimos meses  exige a sus conciudadanos que abracen la penitencia de los eternos ajustes económicos, como si debieran purgar algún malsano pecado nacional. Y mientras los españoles sufren el cilicio de los recortes, desde Moncloa hace tiempo que se ejercitan con entusiasmo en el siniestro ritual de encenderle las dos velas a ese nuevo Diablo de los mercados financieros.

Foto: Rafa Rivas

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