Entre las “matrias” y la fiesta nacional


Octubre siempre llega a las costas valencianas acechante de gota fría y predispuesto al debate identitario. Si la primera depende de la conjunción de humedad relativa y masas de aire frío, el segundo llega con fecha ineludible cada día 9 y 12 de este otoñal mes. En cualquier caso, al igual que para afrontar las cíclicas tempestades es preciso el cobijo de la casa o la protección de un impermeable, para sobrellevar los estragos del segundo fenómeno no está de más tener a mano un buen paraguas de escepticismo.

Por mi parte, en esto de las celebraciones identitarias siempre me he sentido inclinado por la recomendación de Georges Brassens de aprovechar la fiesta nacional para quedarse en la cama. Con todo, esta postura me ha venido más de la pereza y el descreimiento, que del rechazo beligerante hacia las señas míticas del terruño. Eso sí, puestos a elegir, siempre he preferido las matrias a las patrias. Las matrias son identidades colectivas que cada cual se construye como quiere, comparte con quien quiere e integra a quien le da la gana. Por supuesto, se trata de identidades construidas, delimitadas a nuestro gusto, pero esto no las convierte en menos reales que las identidades sexuales o los castillos de arena. Por lo pronto las matrias tienen muchas ventajas frente a las patrias. Por ejemplo no sólo están libres de patriotas sino que incluso -y esto es lo más destacado- han conseguido mantenerse a salvo de cualquier tentación matriótica. Además, a diferencia de las patrias, nunca son excluyentes de forma que uno puede perfectamente pertenecer a varias matrias a la vez, o si lo considera oportuno cambiar de matria con total tranquilidad en el corto trayecto que le lleva de casa a la panadería de la esquina.

Esta inclinación por las matrias me viene de la infancia. Viniendo al mundo en un espacio tan desarraigado como el Port de Sagunt tenía poco margen donde elegir. Creciendo la infancia y la adolescencia en aquel espacio obrero de los años 70 y 80, los paisajes de escoria y las columnas de humo negro de las chimeneas, la presencia de los grises en los estertores de la dictadura, los estragos del caballo en los extrarradios y un tiempo acompasado por los aullidos de la sirena de la fábrica, fueron configurando en mí un imaginario con banda sonora de los Sex Pistols que me vinculaba más a Liverpool que a los naranjales que nos rodeaban. Luego llegaría la reconversión y su huracán postindustrial frente al que algunos intentaron protegerse defendiendo supuestas esencias patrias tan extravagantes como soltar patos en unas cucañas marinas, o reivindicando una condición de pueblo, con procesión y banda de música incluida, que dejaba mis ensoñaciones cosmopolitas transformadas en simples restos museísticos de patrimonio industrial.

Si eso me sucedía en el ámbito local, al elevarme por esferas superiores, las dificultades para sentir algún apego por la patria no hacían más que incrementar mi anhelo de una discreta matria donde guarecerme. Desde mi particular fusterianismo castellanohablante, tuve que vivir en un País no nato, abortado por la Batalla de Valencia de la derecha más rancia, ávida de ofrenar novas glorias a Espanya y dispuesta a defender a sangre y fuego la paella de la avaricia catalana. Un monstruo desbocado al que la progresía institucionalizada intentó torpemente amansar cantándole con Joan Monleón el a guanyar diners… desde una televisión valenciana que nacía así con vocación de renuncia. Una fiera oportunamente liberada que con el tiempo se encargarían de fagocitar los Zaplana, Barberá y Camps. En fin, atenazado por un Levante Feliz, no me quedaba más alternativa que compartir con Josep Vicent Marqués la matria desesperada de un País Perplex.

Y que podemos decir de España. La nueva España nacida de la guerra civil, alimentada durante la dictadura y heredada por la democracia con una descentralización concebida como ese café para todos con el que ignorar la pluralidad de sus tierras, más que en patria colectiva ha terminado convertida en un oxímoron, agravado por la miopía política de una derecha dispuesta a cualquier despropósito racional con tal de arañar votos. Tal es el cúmulo de disparates que ni siquiera descarto oír a Rajoy o al espectro de Aznar argumentando que el independentismo catalán sería la máxima evidencia de su españolidad teniendo en cuenta que, como señalaban los manuales franquistas, si algo caracteriza al español es su amor por la independencia.

Así las cosas, consuela al menos comprobar como en el Port de Sagunt se pueden celebrar fiestas sin patos desconcertados entre las aguas marinas o que el blaverismo parezca agonizar sin apenas fuerzas más allá del desesperado insulto a Joan Ribó o de algún ultramontano gesto homófobo. Quiero pensar que detrás de ello comienzan a percibirse pequeñas señales de normalización, aunque esté más motivada por el hastío que por la esperanza. Por ello seguiré haciendo caso a Brassens y me quedaré en la cama durante la fiesta nacional. Y continuaré cultivando mis propias matrias: ese espíritu de Manchester escondido tras un viejo alto horno, esa Valencia golfa, crítica y libertaria, esa república española que nunca llegó. Son identidades imaginarias, irreales, que ni fueron ni posiblemente serán, pero que, como Ovidi Montllor, aún me resisto a dejar de imaginar: perquè vull!

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