Rafael Chirbes, escribir para sortear el infierno


Max Aub admitía en su Hablo como hombre que detrás de su gusto por la escritura estaba el deseo implícito de conseguir que “se supiera cómo soy, sin decirlo. Creí que lo adivinarían”. Sin embargo, no ocultará su decepción al respecto: “Una vez más me equivoqué”, sentencia Aub. Tal vez para tratar de sortear esa frustración, algunos autores deciden publicar sus autobiografías o sacar a la luz sus diarios y memorias para mostrar, e incluso en ocasiones exhibir, al ser de carne y hueso que se esconde detrás de su creación. A veces también para redondear y perfilar mejor el personaje que se ha ido construyendo a lo largo de su carrera. Por ello, en este tipo de textos puede resultar complicado al final distinguir dónde está el escritor y dónde él mismo se convierte en un personaje más de su propia obra de ficción.

Las dudas para saber si nos encontramos ante la persona o el personaje se acrecientan cuando estos escritos llegan años después de la muerte de su autor que, en consecuencia, se puede haber quedado al margen del dilema básico que envuelve toda confesión: qué se dice y qué se calla. Un ejemplo de ello lo tenemos en la primera entrega de los Diarios de Rafael Chirbes que acaba de publicar la editorial Anagrama y que incluye las dos primeras cajas de cuadernos de las seis que escribió el autor desde 1984 hasta pocas semanas antes de su fallecimiento en agosto de 2015.

¿Deseaba Chirbes que estos escritos llegarán a otro lector que no fuera él? A lo largo de sus páginas encontramos tanto argumentos para el no, como sospechas para el sí

En ellos Chirbes va dejando cuenta de sus vivencias emocionales, de sus temores y tormentos, del proceso de escritura, de su vacío existencial, de sus reflexiones sobre el mundo que le rodea, sobre literatura, sobre sus viajes, sobre cine y arte, y sobre todo de esa otra actividad que junto a la escritura ejerció de forma compulsiva toda su vida, la lectura. 

¿Deseaba Chirbes que estos escritos llegarán a otro lector que no fuera él? A lo largo de sus páginas encontramos tanto argumentos para el no, como sospechas para el sí. De hecho, el escritor, tan reservado e incluso misántropo en vida, opta por la indecisión, o la ambigüedad: “¿Por qué tener pudor también aquí en la intimidad de un cuaderno escrito para nadie? Me digo que sí, que se puede escribir para recordar y comprenderse uno mismo, pero no acabo de creérmelo del todo”. Y apostilla: “Entonces, ¿pienso que estos cuadernos acabará leyéndolos alguien que no sea yo?”. No lo sabe, pero por si acaso pasará a limpio los textos que acumula en los cuadernos, los depura, los selecciona. Incluso llega a publicar en vida algunos de los textos. Pero será incapaz de tomar una determinación sobre el destino de aquellos escritos.

La decisión parece superarle, como ya le había ocurrido cuando leyó, en diciembre del año 2000, los cuadernos póstumos de Carmen Martín Gaite. “Tengo la impresión de que seleccionar es mutilar”, afirmará al repasar aquellos manuscritos de su gran mentora y amiga. “No sería capaz de hacerlo. Eso hay que dejárselo a algún especialista de su obra”. Y esa será también la opción que asuma para los suyos.

Desnudez extrema

Esa misión le será encargada a Juan Manuel Ruiz con un único requisito: “Que su publicación no perjudicara a lo que realmente le importaba que eran sus novelas”, según reconoció su albacea literario durante la presentación del volumen. Para ello, Ruiz, siguiendo el criterio de Chirbes, de lo único que ha prescindido en la presente edición es de aquellos textos que tuvieran poca tensión narrativa.

Nada más se omite, ni siquiera aquellas vivencias más íntimas que en vida el escritor siempre llevó con la más absoluta reserva, como su homosexualidad

Nada más se omite, ni siquiera aquellas vivencias más íntimas que en vida el escritor siempre llevó con la más absoluta reserva, como su homosexualidad. Y lo hace con unos textos desgarrados en los que el autor desvela sus encuentros ocasionales y las relaciones que le marcaron, alguna de las cuales podemos rastrear en su última novela, París-Austerlitz, curiosamente también publicada tras su muerte y después de más veinte años de reescritura insatisfecha.

Aunque los personajes homosexuales están en la mayoría de sus novelas desde la misma Mimoun, siempre mantuvo a resguardo su orientación sexual, no solo por pudor personal si no también como opción literaria: huía de las etiquetas. “No quería ser un icono gay”, destacaba en la misma presentación Elena Cabezali, de la Fundación Rafael Chirbes. De hecho, aunque en sus cuadernos rastrea el tema, no deja de considerar una “moda” la búsqueda de símbolos gay en la literatura.

En los Diarios, sin embargo, la homosexualidad se muestra sin tapujos, con el impudor de quien piensa que lo escrito no va a ser leído por otros. Lo mismo que su relación compulsiva con el alcohol y sus acercamientos al borde del infierno con las drogas. También su conflictiva relación con el cuerpo, la enfermedad, las dolencias, la decrepitud, la depresión.

Al mismo tiempo, Chirbes confiesa su desarraigo ante los espacios donde vive, incluso en tierras valencianas, aunque se sienta enraizado a ellas por la melancolía y lamente haberse alejado de su lengua materna. “Desde que he vuelto aquí, a esta que debería ser mi tierra, el papel que he representado durante tantos años y que tanto he tardado en aprender, para huir del que la genética, la historia y la clase social me habían adjudicado, ha perdido credibilidad. Me he quedado sin papel, parado sobre el escenario y mudo, sin nadie en la concha del apuntador”, afirmará.

La metáfora de una vida perdida a la deriva, como esa agua sucia condenada a perderse por el sumidero del fregadero a la que gusta compararse, parece asemejarle a esas figuras de Bacon que tanto le atraen. Es tal la crudeza vital que adquieren algunos pasajes que Juan Manuel Ruiz no oculta su miedo porque estos textos puedan incitar a la “psiquiatrización” de la obra de Chirbes. De hecho, el propio autor parece ser consciente de estar excediéndose en su desnudez extrema y poco a poco va relegando este tipo de confesiones a una cierta marginalidad. Así, en el verano de 2004 anotaba en una de las entradas: “En general, los cuadernos me sirven, sobre todo, para anotar citas que extraigo de los libros que leo. El pudor, y sobre todo las prisas con que me acerco a ellos, han dejado poco espacio para la expresión de los sentimientos, para la narración de experiencias personales”.

Contra el panorama literario

Chirbes, pues, decide otorgar un protagonismo especial a la literatura. Apunta en sus cuadernos citas y comentarios de los libros que devora, de sus grandes autores: Henry James, Flaubert, Proust, Tolstoi, Galdos, Dostoievski, Juan Marsé. O de sus admirados escritores germánicos  como Robert Musil, Hermann Broch o Thomas Mann.

El escritor dirige todo su fuego a discreción, como es previsible, contra la figura de Arturo Pérez-Reverte, ese autor que como novelista cree que “puede hacer lo que le salga de los cojones (por usar el lenguaje que le gusta)”

Y tampoco ahorra comentarios críticos para los protagonistas del actual panorama narrativo español. El escritor dirige todo su fuego a discreción, como es previsible, contra la figura de Arturo Pérez-Reverte, ese autor que como novelista cree que “puede hacer lo que le salga de los cojones (por usar el lenguaje que le gusta)”, cuya novela Cabo Trafalgar le parece “un esperpento de rancio españolismo” y al que su discurso reaccionario ha transformado, con el beneplácito de la crítica y la academia, en “un atleta olímpico, campeón en el gran salto atrás. Hacer tragar como moderno lo que la historia había convertido en detestable residuo arqueológico”.

Pero Chirbes no será menos crítico con otros narradores como Antonio Muñoz Molina, a quien reprocha “ese afán suyo por exhibir un cosmopolitismo a pie forzado”, o Bernardo Atxaga, cuyo El hijo del acordeonista le resulta un “libro muy flojo, una novela de formación”. Pero, tal vez por su proximidad ideológica, será Belén Gopegui quien reciba los dardos más incisivos. A su juicio, la escritora parece “tan convencida de su verdad que no creyera necesario ganarse al lector”, pese a que “al final resulta que enseña poco y no seduce nada”. Y, por supuesto, Chirbes arremete contra la figura del crítico, por el que tantas veces se ha sentido maltratado, y por las lentejuelas que envuelven el mundanal ambiente literario, del que reniega por origen de clase y que, por ese mismo motivo, tantas barreras le ha puesto a lo largo de su vida.

“A los que sufren hambre y miseria en esos continentes de segunda o tercera clase, mejor que una novela es regalarles un arma. El Kaláshnikov como obra maestra literaria”

No es extraña esa intransigencia literaria que el novelista desarrolla a lo largo de sus cuadernos. Porque para Chirbes la literatura lo es todo. No porque crea en la utilidad práctica de la misma: “A los que sufren hambre y miseria en esos continentes de segunda o tercera clase, mejor que una novela es regalarles un arma. El Kaláshnikov como obra maestra literaria”, afirmará. Por eso, aunque admita que sin Marx nunca se hubiera hecho escritor o, leal a sus orígenes de clase, asuma en sus novelas la voz de los de abajo, para Chirbes la literatura no es solo compromiso social, ni siquiera ético. Es una construcción moral que da sentido al todo y un proceso de conocimiento. 

Así, subrayará: “En literatura no se trata de enfrentarse a los problemas de este o de aquel, sino —contando lo que sea— proporcionarle instrumentos al lector que le ayuden a dotar de sentido a la vida”. Al lector, pero también al escritor. Por eso Chirbes es un adicto a la escritura. No deja de escribir en sus cuadernos para encontrar en ellos las “rebanadas de la vida” con las que escribir cada novela. Y en efecto, en estas páginas descubrimos percepciones que acabaran tomando cuerpo en su obra literaria, pero al mismo tiempo también un afán por escribir convertido en “una obsesión que me he buscado para evitar el vértigo del vacío”.

Aunque el precio a pagar es alto por partida doble. No solo por el desgaste emocional que le provoca cada nueva novela, ya que “cuando uno deja que los libros que escribe le cuenten lo que no quiere oír acaba pagando las consecuencias de la indagación”, sino también porque acabado el proceso el autor vuelve a quedar en una insoportable intemperie: “Se escribe mientras se escribe. Luego es peor que antes, más sombrío. Te quedas más vacío”.

Tras cada novela, Chirbes regresa a la nada, al vértigo, a la enfermedad, al dolor. Desarraigo ante un panorama literario que considera vacuo, formalista y regodeado en el yo; un universo de las letras cuyos oropeles aborrece, pero del que se siente expulsado por origen social, al tiempo que se cuestiona su  propia capacidad para alcanzarlo, pese a que ya ha publicado varias novelas y tiene reconocimiento incluso fuera de nuestras fronteras.

Desarraigo frente a una realidad política marcada por “la traición de la Transición, un capítulo más de la historia como sinónimo de infamia” y donde “una biempensante beatería, que se reclama la izquierda” ha renegado de su propio pasado. Peor aún, colabora en borrar su pasado, desvirtuarlo, como ocurre en la reelectura naif del 68 o en los intentos de revisión del franquismo, de difuminarlo, subyacentes, a su juicio, en obras como las de Javier Cercás.

No sorprende por ello que Chirbes acabe encontrando un espejo en los escritores del exilio, en la biografía de Corpus Barga, en La gallina ciega de Max Aub. Y que se cobije en la melancolía de la infancia, de la inocencia perdida, de los paisajes desaparecidos, los aromas recordados, en aquella moral intuida y firme de las clases populares, en los recuerdos de los tiempos que se fueron. Una melancolía de la que, sin embargo, es consciente de que “tiene rebaba de fracasos, vertedero de uno mismo”. Pero por eso mismo, la melancolía de lo que pudo ser y no fue, no es consuelo frente al hastío. Solo escribir puede evitar que la caída en el pozo sea irreversible, pues al menos “te permite seguir viviendo sin que te haga falta sentirte de alguna parte o de alguien”.

Como en los viejos folletines por entregas que mantenían la atención del lector elevando su tensión narrativa antes de anunciar la próxima entrega con la frustrante palabra de continuará, esta primer volumen de los Diarios de Rafael Chirbes se cierra un 1 de marzo de 2005 con el autor angustiado por su “frágil salud y la apocalíptica corte de excesos que la rodea y ha rodeado”. También con la sensación de que el tiempo parece acabarse y que “si no escribo ahora la novela, más tarde ya no podré hacerlo”. Esa obra definitiva, que pueda borrar sus inseguridades como escritor, ha visto ya sus primeros indicios en las páginas de estos primeros cuadernos. Será Crematorio, aunque paradójicamente el autor todavía no haya encontrado el rastro y de su descubrimiento tengamos que esperar a la próxima entrega de sus Diarios.

“Ni una línea en estos cuadernos de lo que de verdad me ha ocurrido en todo este tiempo”, comentaba en agosto de 1992

Mientras tanto, ¿conocemos mejor al Chirbes de estos años? Él mismo nos da motivos para el escepticismo: “Ni una línea en estos cuadernos de lo que de verdad me ha ocurrido en todo este tiempo”, comentaba en agosto de 1992. Y continúa: “Al releerlos, los veo como refugio de cobarde, prácticas de caligrafía de un egoísta”. Sin embargo, si en ellos no se desnuda totalmente el individuo (¿es posible), al menos sí nos entreabre la puerta a la trastienda del escritor. No es poco. E incluso puede que, de alguna forma, nos esté contando también su historia. Porque, como recordará al evocar a un antiguo compañero de colegio, “todo hombre tiene derecho a cerrar su historia; si no, se queda para siempre mutilado”. Solo el lector tendrá la última palabra sobre si en las páginas de estos cuadernos se ha encontrado con el Chirbes persona o el Chirbes personaje. O un poco más consigo mismo.

Imagen: Rafael Chirbes. Foto: María Teresa Slanzi/Anagrama

Publicado en El Salto

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