¡Proletarios del mundo, a la mierda el trabajo!


La frase es bien conocida: «Que paren el mundo que yo me bajo». Su origen ya es más incierto. Unos se lo atribuyen a la pequeña Mafalda de Quino, otros al sarcástico Groucho Marx. En los años 60 tenía aromas de contracultura con flores en el cabello: apearse de un mundo absurdo para alcanzar la felicidad tocando acordes de John Lennon a la guitarra y bebiendo Pepsi Cola. Hoy, sin embargo, la frase parece superar la crítica genérica a la realidad para convertirse en una descripción de la misma. Dejó de ser una boutade para transformarse en una crónica. O lo que es lo mismo, hoy nos suena más a Karl que a Groucho Marx.

¿Qué está pasando para que este fenómeno se haya producido? Pues que la frase ahora tiene menos que ver con la ocurrencia dialéctica que con la cuantificación. Y cuando hay números de por medio, ya se sabe, el asunto pasa al campo de la numerología o de la sociología, dos disciplinas en ocasiones difíciles de diferenciar. Sobre todo cuando los dígitos provocan alarma. Estos son los números: cada mes en Estados Unidos unos cuatro millones de trabajadores le dicen voluntariamente adiós a su empleo. Un dato nada anecdótico si tenemos presente que son el 3% de la fuerza de trabajo en el antaño país de las oportunidades, llegando en algunos sectores, como el de la hostelería o la alimentación, al 7%. Millones de personas, en suma, que han decido dar el paso y bajarse del mundo. Al menos del mundo laboral.

El fenómeno, además, no es una excentricidad más de los norteamericanos. Como destaca Vanesa Jiménez en un artículo para CTXT, se expande por las latitudes más insospechadas. En Italia, por ejemplo, han dejado el trabajo más de 400.000 personas en el último trimestre. Aunque por el momento no hay datos sobre España, la perplejidad indignada de muchos hosteleros o empresarios del transporte (sí, esos que preparan una paro patronal para Navidad) ante la dificultad para encontrar empleados, no parece estar muy alejada de las consecuencias de esta tendencia. Hartazgo, agotamiento, decepción, estrés, sobreexplotación, salarios bajos. El caso es que la pandemia detuvo al mundo por unos meses y cientos de miles de personas parecen haber aprovechado la ocasión para decir: ¡Basta, hasta aquí! ¡Yo me bajo! 

Los dueños de la economía no salen de su asombro. Y sus expertos en ciencias sociales intentan comprender ese nuevo fantasma que recorre los continentes al grito de ¡Proletarios del mundo, a la mierda el trabajo… de mierda! Así, unos hablan de desincentivación vital, otros de exceso de “paguitas” públicas, mientras el resto, la mayoría de sabios, se contenta con inventar nuevos vocablos en inglés que hagan más llevadera la insatisfacción. Nadie, sin embargo, se cuestiona lo sorprendente que resulta la sorpresa de los ricos. Porque curiosamente fueron pioneros en saltar del mundo para buscar nuevos horizontes en los que resplandeciera con todo esplendor su riqueza.

Ellos fueron los primeros en gritar a los cuatro vientos que a lo mejor que se puede aspirar en la vida es a dejar este mundo. Ahí están si no, los sueños espaciales de las grandes fortunas, los anhelos siderales de Richard Branson, el magnate de Virgin; o de Jeff Bezos, el fundador de Amazon; o del cofundador de PayPal, Elon Musk, que mientras promueve su negocio de turismo espacial aspira a colonizar Marte con un millón de personas. Ellos, los megaricos, son los que nos dicen que abandonar el planeta es el mayor sueño al que se puede desear. Hasta nos lo ofrecen a módico precio: el empresario norteamericano Dennis Hope lleva años vendiéndonos parcelas en la Luna a unos 30 dólares la media hectárea. Acumula ya más de 11 millones de dólares en ganancias.

Si los reyes del mundo levitan en la estratosfera de su riqueza, ¿qué van a pensar los que llevan siglos escuchando que su reino está en los cielos? Pues en bajarse de este mundo lo antes posible. Eso o asumir el exilio en el poético metaverso que nos promete Mark Zukerberg, ese limbo etéreo y virtual donde entregarnos a la única aspiración que se nos es permitida sin molestar sus riquezas: comprar. En cualquier caso, siempre fuera de este mundo antiguamente llamado real. Porque la gran paradoja en que vivimos es que a aquellos que todavía aspiran a quedarse dignamente en él, se les expulsa. Y se agarran a la tierra con uñas y dientes. Lo estamos viendo estos días en las barricadas de los obreros del metal en Cadiz, o en los neumáticos en llamas de las trabajadoras y trabajadores del Pilkington en Sagunto. Mientras tanto, eso sí, Antonio Garamendi seguirá empeñado en convencernos de que el único problema que nos amenaza es la derogación de la reforma laboral que reclama Yolanda Díaz. Aunque, tal vez, llegue un día en que descubra que nadie le escucha porque todo el auditorio se bajó del mundo en marcha. Se habrá quedado solo. O en el mejor de los casos, con la única compañía de Nadia Calviño.


Publicado en Infolibre

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