Ucrania, el tablero geopolítico convertido en una güija


Tablero geopolítico. La expresión es, sin duda, un tópico obligado, un lugar común para el análisis internacional más perspicaz. Y no sorprende el éxito de esta locución si pensamos que al pronunciarla las miserias humanas aparecen convertidas, por arte de magia, en un elegante juego de salón. Al igual que si del “abracadabra” de un prestidigitador se tratara, dejamos salir por los labios un convincente “tablero geopolítico” y, de pronto, vemos con satisfacción intelectual cómo muñones y vísceras gangrenados se transforman ante nuestros ojos en estilizadas piezas de ajedrez movidas por la fría y lógica mano de los jugadores.

La invasión rusa de Ucrania ha devuelto actualidad a la célebre expresión. En las pantallas del televisor, en las páginas de los periódicos, en los comentarios de Twiter, los más variados analistas, sesudos o improvisados, recurren a ella para ponernos a salvo del ruido —ruido de explosiones y quejidos— y centrar nuestra atención en la maestría de los movimientos. Así, mientras unos nos advierten de que Putin no juega con la belleza racional de KarlovKasparov Fisher, sino con los pérfidos engaños de un tahúr del Moscova, otros insisten en comparar la actual partida con otras históricas, como las disputadas, o todavía en juego, en Iraq, en Yugoslavia, en Siria, en Palestina o en Yemen, para destacar, de forma más o menos explícita, que, en el fondo, la expectación despertada está cargada de hipócrita ignorancia. Ambas posturas, sin embargo, coinciden en una cosa: su inclinación por el uso del “tablero geopolítico” evidencia su fijación por las geometrías cuadriculadas, su concepción de la realidad reducida al binomio de lo blanco y lo negro.

Pero el devenir de los países, como el de las personas, es mucho más que una simple repetición de cuadrados y piezas monocromáticas. Está lleno de matices y gamas de colores, de triángulos, de líneas curvas, de continuidades, de caprichosos paralelepípedos , de perfiles acabados, de trazos solo esbozados. El cuadro que surge de todo ello no tiene la inocencia de un lienzo de Chagall sino la incertidumbre tormentosa de Turner. Su visión nos muestra pocas respuestas, pero nos refleja múltiples fracasos. Leer estos fracasos es hoy un ejercicio ineludible, urgente, para aspirar a afrontar el aluvión de espanto que nos inunda.

Pocas respuestas, pero sí alguna: Vladimir Putin es el culpable de esta invasión. Sí, es cierto, Putin es en gran medida una consecuencia de la soberbia con que Occidente afrontó el final de la Unión Soviética. De cómo optó por la humillación del enemigo caído, de su renuncia a reforzar la opción democrática de Gorbachov y su apuesta por aquel contratista de derribos que fue Boris Yeltsin. De cómo incumplió acuerdos de contención de la OTAN e incluso de cómo, en el caso de Estados Unidos, cuestionó pactos de desarme nuclear. Pero todo eso no puede servir de coartada a la agresión militar rusa. A no ser, claro, que se admita también, por ejemplo, la irresponsabilidad histórica de mostrarse comprensivos ante la invasión de Checoslovaquia Polonia por Hitler dado el humillante trato recibido por Alemania tras la I Guerra Mundial que frustró la experiencia democrática de la República de Weimar.

Putin es el culpable. Pero en la siniestra coyuntura que vivimos laten también múltiples fracasos responsables. El fracaso del estado ucraniano para superar su déficit democrático y una realidad marcada por la corrupción. El fracaso de un Occidente demasiado acostumbrado a mirar para otro lado cuando se producen vulneraciones del derecho internacional o los derechos humanos. El fracaso de unas democracias que ven surgir en su seno movimientos ultranacionalistas reaccionarios como los que hoy gobiernan el Kremlin. El fracaso de Europa para tener una voz propia en el panorama internacional. El fracaso, una vez más, de la ONU como espacio de resolución de conflictos. El fracaso de la OTAN como herramienta para garantizar la seguridad internacional, como ha demostrado su fiasco en Afganistán. O su actual impotencia en Ucrania, donde intervenir, como reconocía hace unos días el parlamentario conservador británico James Heappey, implicaba arriesgarse a una amenaza “existencial”. Putin no tardó en aclararnos qué significaba ese temor “existencial” al ordenar la activación de su arsenal nuclear.

Asumir este cúmulo de fracasos es imprescindible; no para relativizar la agresión rusa sobre el pueblo de Ucrania o para escudarse en vacías consignas pacifistas, sino para asentar de forma decidida una firme y real apuesta por la paz y el desarme internacional. Por desgracia, hoy debemos afrontar esta compleja tarea en el peor de los escenarios imaginables. Y con la humildad realista de saber que en el camino nos acechan nuevos fracasos y contradicciones. Pero habrá que atreverse a andar por esos caminos desconocidos. Adentrarse por ellos con determinación. La misma que hoy muestra el pueblo ucraniano resistiendo o los miles de ciudadanos rusos que salen a la calle para rechazar la invasión.

Estos días asistimos con perplejidad a la evidencia de que la guerra no es ningún juego de ajedrez. Los pueblos no pueden ser tratados como simples peones de otra partida. Nosotros mismos lo sufrimos en 1936, cuando las políticas de no intervención nos transformaron en una pobre pieza más de una geopolítica para la que solo importaba el jaque mate final. Sin embargo, en el tablero geopolítico cada movimiento es un jaque mate real para miles de hombres, mujeres y niños. Por ello conviene no olvidar que debajo de ese tablero solo se acumula sangre, carne y vísceras. Como nos recordó Bergman, toda partida de ajedrez al final la estamos jugando con la muerte. Por ello, habrá pues que cambiar de juego antes, si es que todavía no es demasiado tarde. Antes de que descubramos con espanto que el “tablero geopolítico” era, en realidad, una siniestra güija que conjura las voces de unos fantasmas que creíamos inexistentes.


Publicaco en Infolibre

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