Montesquieu bajo sospecha



La intransigencia del Estado español y sus mentores políticos e ideológicos ante el menor atisbo independentista parece haber llegado a tal extremo que ya ni siquiera se respetan las formas frente a la “independencia” del poder judicial. Lo deja bien claro el diario El País en su edición del día 8 de octubre. Tras asegurar que el Gobierno ha iniciado una “ofensiva contra ETA” en todos los frentes, no tiene ningún empacho en afirmar que el encarcelamiento de dirigentes de la izquierda abertzale decretado por el juez Baltasar Garzón es “la fase culminante” de esa iniciativa global del Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero en el “frente” judicial.

Garzón parece transformarse así en una suerte de “Primo de Zumosol”, que cambia la informal camiseta por el televisivo traje de Giorgio Armani y acude en defensa de un debilitado Zapatero cuando el guión electoral así lo exige. Más interesado en el gesto mediático que en la firmeza política de poner en marcha un proceso real de paz para Euskadi, los titubeos del presidente le convirtieron en un pelele que recibía todos los golpes que su contrincante Mariano Rajoy le propinaba en el guiñol de la política nacional. Atado de pies y manos por el lastre de la “política antiterrorista” pactada con el PP como única fórmula para afrontar el conflicto vasco -que no dejó de aplicar en ningún momento-, sus candorosos llamamientos a la paz se convertían cada día que pasaba en un vacío callejón sin salida, del que el atentado de Barajas le permitió salir aparentando un gesto airoso y con el tiempo suficiente como para preparar nuevos eslóganes electorales de cara a 2008.
Pero lo peor de todo no es sólo la frustración generada por el fracaso del llamado proceso de paz. Lo más desconsolador es comprobar como, al menos a medio plazo, los dos grandes partidos españoles están más cómodos en un escenario de “conflicto de baja intensidad”, que asumiendo en reto de superar una situación que evidencia el cierre en falso que fue, en tantos aspectos, la transición política en España.
En realidad, la fórmula no es nueva. Los conservadores norteamericanos vivieron su momento de mayor esplendor con Ronald Reagan y sus conflictos de “baja intensidad” donde los muertos los ponían los nicaragüenses, salvadoreños o guatemaltecos, muy distintos al avispero de intensidad elevada en que se han convertido Iraq o Afganistán. Pero Euzkadi no está en Oriente Medio ni siquiera en la Centroamérica de los años 80 y 90, como bien saben las cúpulas de Génova y Ferraz. Del mismo modo que no ignoran lo útil que resulta disponer de un espantajo con que asustar al auditorio.
La conclusión es fácil de intuir: ambos aprovechan la menor oportunidad para desempolvar a los Reyes Católicos y hasta a Don Pelayo. En unos casos porque estrategias toscas de cortos vuelos, deciden hacer estallar la T4 llevándose por delante las miserias de dos ecuatorianos o colocar una bomba en los bajos de un vehículo. Pero también, en otras ocasiones, sin venir a cuento. Sólo porque a Juan José Ibarretxe, un simple presidente autonómico democráticamente elegido, se le ocurre plantear la “antidemocrática” propuesta de consultar a los ciudadanos. Un escándalo, sin duda, que había que atajar antes de que el oponente político saque en procesión a Santiago Matamoros para arañar al Gobierno algunas décimas en las encuestas de opinión. Y ahí llega el juez televisivo para echar un castizo capote y encarcelar a un grupo de personas con las incuestionables pruebas de que, sin lugar a dudas, si estaban reunidas… sería para algo.
Tiene razón el politólogo John Brown cuando afirma que sólo una fuerte presión ciudadana, dentro y fuera de Euzkadi, puede encauzar el conflicto hacia una salida política, dialogada y democrática. Pero por lo pronto, Gaspar Llamazares no está dispuesto a soltar una lágrima por los acontecimientos. Y Montesquieu, con la que está cayendo, ni siquiera se atreve a pedir la “independencia” del poder judicial.
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