Otra crónica para otra muerte anunciada


Ingrid Betancourt debe morir. Así lo decidió Álvaro Uribe cuando ordenó la masacre de la selva de Sucumbíos. La bomba que destrozó el aliento de Raul Reyes incluía en su onda expansiva la sentencia última para la quebradiza mujer. Los cuerpos desgarrados de los guerrilleros, sorprendidos mientras dormían, tiroteados por la espalda, marcan así otra crónica de una de tantas muertes anunciadas en la cotidiana agonía de Colombia.

Ingrid Betancourt debe morir porque así lo marca el guión. El relato está ya escrito y los grandes editorialistas del Grupo Prisa no tienen previsto otro final. La muerte es una opción dulce. Las palabras que la frágil cautiva envía a su esposo retumban en nuestra cabeza como el seco repicar de campanas llamando a difuntos. Ya sólo falta la catarsis última, la tragedia presentida por los lectores hecha realidad.

La muerte es una opción dulce. Pero para Uribe la muerte es, por encima de los adjetivos, simplemente eso: una opción. Una posibilidad más en el frío cálculo político a la que se puede recurrir impunemente, consciente de pertenecer a ese selecto grupo de los asesinos consentidos cuyo liderazgo se regodea en asumir, en competida pugna con el primer ministro israelí Ehud Olmert.
La muerte, convertida en baza política, lleva así inevitablemente a lo irremediable. Ingrid Betancourt debe morir para echar al traste la más mínima esperanza para el castigado pueblo colombiano. Un objetivo que el presidente perseguirá con el mismo empecinado empeño con que hasta ahora ha intentado hacer fracasar cualquier proceso de liberación.

Uribe considera la muerte un simple as bajo la manga en la partida de las geoestrategias. Y no duda en jugarla fiel a su nuevo papel de mamporrero de Washington encargado gustoso de concebir desestabilizaciones contra una revolución como la venezolana -tan peligrosa por acatar la voz de sus ciudadanos-, o de llenar de escollos las turbulentas aguas por las que intenta navegar con rumbo propio Ecuador.

Por todo ello, Alvaro Uribe ha decidido que Ingrid Betancourt debe morir. Mientras, al otro lado del Atlántico los consejos de administración de algunas corporaciones hacen sus cálculos de beneficios. Y el Gobierno y el Rey de España permanecen mudos, plácidamente, sin necesidad siquiera de que alguien les mande callar.

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Imagen creada por José M. Costa
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Un comentario sobre “Otra crónica para otra muerte anunciada

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  1. Compañero JM Rambla,
    -aparte la utilización por El País de la noticia, siguiendo con su linea de proteger los intereses empresariales “españoles” en latinoamérica (“pro domo sua”)
    -aparte del hecho de que Uribe utilice la vida de los rehenes para continuar su pelea de peón de la vertiente más derechista de la política exterior de los USA
    – y algunos “aparte” más, la actitud de las FARC de retener DURANTE AÑOS a quien mejor le parezca me parece una actitud a la que solamente le encuentro un parangón posible: el campo de concentración de los USA en Guantánamo.
    Como en el caso de Guantánamo las personas retenidas lo son, en muchos casos, no como combatientes, sino como simples rehenes para ser utilizados en una negociación con el gobierno colombiano y, evidentemente, COMO ESCUDOS HUMANOS PARA LAS PROPIAS FARC. Sin derechos, sin juicios, sin dignidad.
    Ya hace algunos años que discutí el tema con alguien de allá que defendía esa linea y ante mis críticas, lo único que al final me argumentó es que yo hablaba como un esbirro socialdemócrata de los USA. ¡Pues vale, lo acepto…! Buen argumento para justificar lo que, para mí, invalida muchas cosas positivas que puedan hacer o hayan hecho la guerrilla.
    ¡Una pena!

    Enric Pastor

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