El magnate, el consejero y la muerte


Lo trágico y lo macabro nos acechan desde los rincones  más cotidianos. David Lynch lo plasmó magistralmente en el inicio de Blue Velvert, al mostrarnos cómo la placidez en esa idílica ciudad de Lumberton, subrayada por la aterciopelada canción de Bobby Vinton, podía verse alterada dramáticamente por la inesperada presencia de un infarto o el espeluznante hallazgo de una oreja amputada. Esta cercanía de lo funesto explica a su vez la extraña atracción que se siente por lo escabroso. Es una seducción que durante mucho tiempo se ha tenido como algo vergonzante, capaz de despertar esos bajos instintos que rompen el frágil equilibrio moral y físico de las sociedades. Por ello, las representaciones de este lado oscuro de la vida quedaban relegadas al espacio marginal de los cantares de ciego o de la novela barata.

De hecho, a la buena sociedad solo le estaba permitido aproximarse al abismo una vez quedaba esterilizado de su viscosidad de sangre y semen. Fue de este modo cómo el relato truculento se travistió con ropas victorianas hasta convertirse en un inocente juego de ingenio de Agatha Christie. Aunque no faltaron propuestas más ambiciosas. Ahí están las sucias radiografías sociales en las que Dashiell Hammet funde su experiencia como detective de la Pinkerton y su sensibilidad comunista, o, en su versión más carpetovetónica,  El Caso, en cuyas páginas quedó constancia de una España negra que el franquismo intentaba ocultar en su evolución cromática del azul falangista al gris tecnocrático. Pese a todo, estas excepciones no lograron superar la periferia cultural.

Y así fue hasta que la televisión  en su afán por gestionar la información como una mercancía más, descubrió la fórmula mágica para ampliar clientela: satisfacer a la audiencia en sus deseos más primarios de genitales y otras vísceras. Una tendencia que fue asumida por el resto de medios conforme las empresas de comunicación iban rompiendo la barrera del sonido del mercado local para adentrarse por los espacios supersónicos de la ingeniería financiera y la globalización. Se inició entonces una carrera por el todo vale, en la que un nombre sobresalió sobre los demás, el de Rupert Murdoch. El magnate australiano no ha dudado en estos años en recurrir a la casquería para ampliar su  cota de mercado. Y lo hizo con un entusiasmo fuera de toda duda, sobre todo desde las páginas del News of the Word, que pronto se convirtió  en referente internacional del amarillismo. Hasta ahora.

Porque estos días, sus lectores británicos se han quedado estupefactos al saber cómo para mantener las ventas de sus 2,6 millones de ejemplares semanales, no se ha dudado en pinchar y manipular el teléfono de la niña asesinada, Milly Dowler, haciendo creer a sus padres y a la policía que la pequeña continuaba con vida. O como usó tácticas similares para obtener datos íntimos de fallecidos en los atentados en Londres, o de soldados muertos en Afganistán o Iraq, además de recurrir al soborno de policías corruptos. Con todo ello obtenía sus exclusivas, alargaba las historias y, finalmente, cerraba la cuenta de resultados con unas ventas no inferiores a los 150 millones de euros.

Una estrategia perfecta que Murdoch ha sabido llevar hasta el final una vez conocidos estos hechos. Porque ante el escándalo en la opinión pública, el presidente de News Corporation se ha mantenido firme, limitándose a darle más de lo mismo a su audiencia: un nuevo cadáver, que no podía ser otro que el de su propio semanario. Con esta última pirueta el rey de los mass media intenta aplicar paños calientes sobre el descrédito sufrido. Pero sobre todo trata de evitar que el escándalo se lleve por delante la operación proyectada para adquirir el canal BSkyB y sus 6.000 millones de euros de ingresos anuales.

Eso sí, lo que por el momento ignoramos es si Rupert Murdoch ha logrado esta maestría necrológica leyendo a Thomas de Quincey y su libro sobre el asesinato como una de las bellas artes. O si por el contrario, la pericia para aprovecharse de las muertes ajenas le viene de uno de sus más doctos consejeros, José María Aznar. La experiencia del expresidente y la de su partido tratando de exprimir los restos de ETA por un puñado de votos o sus siniestras teorías conspirativas sobre el 11M dan para muchas lecciones. Para algo le deben de servir al de Melburne los más de 170.000 euros que le paga a este castizo McLuhan de la FAES.

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