Libertalia y los piratas


Mientras el siglo XVIII daba sus primeros pasos, dos hombres decidieron compartir una determinación. Eran un joven  idealista, ávido de viajes y aventuras, cuyo nombre se ignora pero que sería recordado como el capitán Misson, y Caraccioli, un dominico que escondía bajo sus hábitos un espíritu anticlerical y vitalista. Con ellos la piratería superó los límites del pillaje para concebirse como arma para la defensa de los derechos y libertades del pueblo y para la lucha contra la tiranía, la opresión y la pobreza. Aquella voluntad les llevó a costas africanas. Allí, en una bahía de Madagascar, Misson y Caraccioli, junto al resto de sus compañeros, hicieron realidad sus sueños. Surgió así Libertaria, una república pirata donde la esclavitud fue prohibida, donde negros y blancos eran iguales, donde la riqueza era colectiva y donde se ideó un nuevo idioma que rompiera las barreras culturales que separaban a sus habitantes.

Tres siglos más tarde otros piratas surcan mares próximos, en Somalia. En su mayoría son pescadores artesanales que tras la desintegración del Estado somalí en los años 90, vieron como cientos de buques con bandera de conveniencia, no pocos de ellos españoles, invadían sus ricos caladeros de atún o simplemente buscaban una fosa abisal donde lanzar sus basuras. Más de 800 barcos extranjeros  faenaban de forma ilegal en 2005, esquilmando pescado y marisco por un valor estimado de 450 millones de dólares. En 2004, el tsunami reventó decenas de contenedores vertidos sin control en aquellas aguas, esparciendo por las orillas de Purtland, al norte del país, todo su contenido de residuos tóxicos.

Frente a estos hechos, aquellos pescadores nativos crearon una Guardia Costera Voluntaria para vigilar sus aguas y exigir un pago por el saqueo de sus mares. Pronto esta práctica se convirtió en la única fuente de ingresos en un país desmembrado por la guerra, la miseria y la hambruna. Un reciente estudio del Political and Economic Intelligence Consultancy Geopolicity estima que el pasado año la piratería somalí generó unos ingresos de 238 millones de euros. Los cálculos de este organismo fijan en unos 1.500 el número de piratas. Y la cifra  no para de crecer. El mismo informe considera que cada año 400 jóvenes somalíes se cuelgan al hombro un AK-47 y se echan al mar.

En realidad, no son muchos teniendo en cuenta las alternativas. A finales del pasado año unos 850.000 somalíes necesitaban ayuda básica urgente. En la actualidad, la sequía y la desestructuración social y económica del país ha disparado su número hasta cerca de tres millones. Muchos están en campamentos de refugiados como el de Dadaab, en Kenia. Diseñado hace 20 años para 90.000 personas, hoy malviven allí -o mejor malmueren­- 380.000 refugiados. Su expansión es mucho mayor que la de la piratería y cada día 1.300 nuevos desahuciados buscan un poco de sombra donde pasar su agonía.

Puede que un día de estos, alguien descubra su tragedia como un buen recurso de marketing para el promocional concierto solidario de rigor. Pero mientras ese fugaz día llega, la Ministra de Defensa Carmen Chacón seguirá destacando el gran papel de nuestra Armada en la lucha contra los piratas y volverá a recomendar a las grandes firmas pesqueras que llenen sus barcos con mercenarios y ametralladoras. Y también, como hace unas semanas en la localidad ugandesa de Bihanga, alabará la labor de nuestros soldados en el adiestramiento de los nuevos reclutas somalíes. Este entrenamiento les permitirá a partir de ahora, afrontar la noble misión de combatir, como no, a Al Qaeda. Pero sobre todo, de impedir que esos millares de cadáveres andantes, puedan caer en la tentación de unirse a la hermandad de la calavera, no vaya a ser que al final, las viejas canciones piratas acaben resucitando el recuerdo de una lejana playa llamada Libertalia.

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