De la farsa al sainete


Marx señalaba con su característica mordacidad que la historia suele repetirse, primero como tragedia y luego como farsa. Estos días hemos tenido ocasión de comprobar como esta ley parece aplicarse no solo a los hechos históricos, sino que también tiene vigencia con los discursos. Lo hemos visto a propósito de la dimisión de Francisco Camps y su grandilocuente despedida, cuyo tono patriotico, si bien no alcanzaba el sadismo radiofónico de Queipo de Llano, sí evocaba un tufillo franquista acentuado por la conmemoración del 75 aniversario del inicio de la Guerra Civil. De hecho, el Molt Honorable ha logrado superarse durante estos años transformando esta recuperación discursiva no solo en farsa, sino en un sainete. Una destreza que no deja de tener su mérito dado el referente original: un Francisco Franco que aprendió el cruel arte de disimular su mediocridad y sus complejos firmando sentencias de muerte, pero al que resulta difícil imaginárselo al teléfono llamando “amiguito del alma” a Benito Mussolini o admitiendo que “quería un huevo” a Adolfo Hitler.

Se podrá objetar que el discurso patriótico no es monopolio del franquismo, algo que, por otro lado, es cierto, ya que, como nos advirtió Samuel Johnson hace varias centurias, el patriotismo es, a fin de cuentas, el último refugio de los miserables. Y no es poca la miseria que se esconde en el tono aparentemente épico del ya ex presidente. No en vano, si Franco intentaba en su megalomanía fundir el espíritu del monje y del guerrero, Camps pasará a la posteridad de la Wikipedia simplemente como el Curita. Por ello, lejos de ser el martillo de herejes que durante cuarenta años golpeó a este país para tratar de moldear a la fuerza una unidad de destino en lo Universal, el amigo del Bigotes se ha limitado a echar mano del eterno valenciano de ofrecer “nuevas glorias a España” para tapar su claudicación ante un Mariano Rajoy que no quería un show judicial que le enturbiase su potencial acceso a la Moncloa en olor de multitudes. O su impotencia ante un Ricardo Costa dispuesto a defenderse como gato panza arriba en un proceso por financiación ilegal del PP que podría llevarle a la cárcel, y que tendrá en el juicio por el armario de Camps su preámbulo legal.

Sin embargo, la recuperación del discurso franquista no se produce tanto por esas alusiones a la patria como por el carácter esencialista con que lo hace. Algo, en cualquier caso, que no solo caracteriza a Camps, sino que impregna las intervenciones de toda la cúpula del PP, asesorada aparentemente por un think tank dirigido por Pío Moa. Porque, en última instancia, lo que los populares han estado realizando durante todos estos años no es un meticuloso trabajo para rescatar la vetusta idea de España. No. Lo que han perseguido y logrado (especialmente en esta Comunitat Valenciana, “lo más grande que hay en el mundo”, surgida de las cenizas de un malogrado País Valencià) es resucitar la despreciable idea de la antiEspaña, aquella que justificó la más absoluta inmisericordia -que todavía se arrastra- con los vencidos del 36. Un argumento, o mejor un delirio, que hoy sigue latente en tantos mensajes neocons cargados de conspiraciones rocambolescas capaces de relacionar la crisis capitalista, ETA y el 15 M siempre que con ello se arañen unas décimas en los estudios demoscópicos de intención de voto.

Frente a esto, la pretendida socialdemocracia, que con Alfredo Pérez Rubalcaba asegura haber entendido otra vez el mismo mensaje que ya aseguró haber oído un noqueado Zapatero, sigue aprobando pensionazos en el Congreso. O mejor aún, rescatando al Azaña más claudicante que reclamaba “paz, perdón y piedad” frente a la política de resistencia defendida por Juan Negrín. Lo hacía, también esta pasada semana, José Bono, en una pirueta dialéctica para no condenar oficialmente el franquismo. Y es que está demostrado: la farsa y el sainete no son monopolio de la caverna.

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