Los focos que iluminan el gran teatro del mundo


La Historia ha acumulado durante siglos una tendencia natural a lo teatral. A veces esa inclinación le llevó por episodios de tragedia y en otras ocasiones por los derroteros del vodevil y la opereta. En cualquier caso, se trata de una predisposición dramática que no viene determinada por las peculiaridades de lo narrado, sino por el diseño de su puesta en escena y, en especial, de su iluminación. Porque el relato histórico suele tomar la forma de esas representaciones en que un foco de luz desvela y acentúa la presencia del personaje sobre el escenario, sea este la gran vedette del music hall o el atormentado príncipe de Dinamarca. Un recurso técnico que tiene la capacidad de mostrar a la vez que oculta, que decide, en última instancia, qué elementos deben centrar la atención del espectador. Por ello hoy conocemos todo lo relativo a Ulises en su deriva y a Penélope en su larga espera, pero sin embargo ignoramos cómo recibieron la noticia los familiares de los guerreros devoradoras por Polifemo.

Estos días, los escenógrafos encargados de dirigir el foco de atención sobre ese devenir de acontecimientos que llamamos historia, han seleccionado al unísono el décimo aniversario del 11 de septiembre. Las imágenes de los aparatos impactando sobre las Torres Gemelas y las desconcertantes informaciones sobre los aviones caídos en Pensilvania y el Pentágono, han compartido actualidad con ese efectista recurso mediático de interpelar al ciudadano anónimo sobre qué hacía en el instante preciso en que unas 3.000 personas morían en Nueva York. Una luz cenital ha alumbrado así, con una intensidad tal que casi ciega al público en la platea, aquel momento elegido para la posteridad, mientras dejaba sumido en la sombra al resto del escenario.

De este modo, se dejan fuera de las conmemoraciones los otros incómodos aviones que durante los últimos diez años han estado estallando en esa zona de tramoyas, proscenios y bambalinas que permanece en negro para el espectador. Lo advertía también estos días el Watson Institute for International Studies. Esta institución, vinculada a la universidad norteamericana de Brown, acaba de publicar un informe con la declarada intención de proyectar algo de luz sobre esa zona de sombras. Partiendo de los datos más prudentes a los que han tenido acceso, los investigadores desvelan que en este intervalo de tiempo, el número de civiles fallecidos en Iraq, Afganistán y Pakistán se eleva a 137.000 personas, el equivalente a 45 atentados como el 11S. Si a ellos le sumamos los combatientes fallecidos, la cifra se eleva por encima de los 225.000 muertos. Así mismo, otras 7,8 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares en estos tres países desde el inicio de la guerra.

En cualquier caso, el deslumbramiento que provoca el director de escena de la historia no solo ha perseguido borrar estos momentos embarazosos del relato, también ha buscado hacer desaparecer el proceso mismo de escritura, caligrafiado tan a menudo con la mala letra del cinismo. Ese que ha llevado a relegar de los noticiarios las negociaciones con las que la diplomacia norteamericana aspira a superar el callejón sin salida afgano en que se ha metido, mediante el recurso de un ordenado retorno de los talibanes a ese mismo poder del que se les expulsó hace una década.

Finalmente, este juego de iluminaciones que está siendo la conmemoración del 11 S, aún nos deja un último elemento en las zonas invisibles del escenario histórico. Se trata de su propia imagen especular, la de aquel otro 11 de septiembre que también cambió el mundo cuando otros aviones bombardeaban en Chile el Palacio de la Moneda. Tras las últimas explosiones y miles de asesinados, Augusto Pinochet transformó el país andino en un pequeño laboratorio donde experimentar novedosas recetas económica. El nuevo relato neoliberal, cuyos capítulos más vistosos escribieron algo más tarde Ronald Reagan y Margaret Thatcher, daba así sus primeros pasos. El epílogo lo ponen hoy una Grecia abocada a la asfixia y una Europa al borde del abismo y la regresión social. Aunque eso, claro, es otra historia. ¿O quizá no?

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