El calor ideal para el huevo de la serpiente


Septiembre siempre llega acompañado por dos ineludibles augurios: el de una conocida firma comercial que nos recuerda la “vuelta al cole” y el de los medios de comunicación que periódicamente nos anuncian la inminente llegada de un “otoño caliente”. El primero nos permite constatar, año tras año, la habilidad que tienen estos grandes almacenes para lograr rentabilizar en su cuenta de resultados los inevitables cambios estacionales. El segundo, al fusionar los cíclicos movimientos solares que condicionan el calendario y los presentidos ardores que se predicen, pone de manifiesto ese afán mediático por acuñar una expresión más moderna y ajustada a las necesidades de un buen titular con la que aludir al anacrónico concepto de lucha de clases, conflicto que, en cualquier caso, el empresario Warren Buffett ya se encargó de advertirnos que llevan años ganando los miembros de su selecto club.

Este año, sin embargo, parece difícil que la temperatura de la actualidad otoñal vaya a desbordar los termómetros por encima de los niveles alcanzados en este tórrido verano informativo que vive su ocaso. No en vano, el ciclo estival comenzó con una noticia que parecía imposible y culmina con otra que roza los límites parasicológicos del milagro. Se trata, claro está, de la dimisión de Francisco Camps, víctima por esos amiguitos del alma de los que ahora reniega, y de la retirada política anunciada por Manuel Fraga, cuya concreción parecía ir camino de convertirse en uno de los misterios de Fátima.

Pero el tiempo veraniego que ha transcurrido entre una y otra noticia, periódicos y telediarios han logrado llenarlo con una intensidad calórica de niveles incendiarios. Durante estas semanas hemos sido testigos de la guerra en Libia, de un Londres devastado por las llamas de la injusticia social y racial, o de un África condenada de nuevo a morir de hambre. Y entre esta cascada de imágenes dantescas, los oráculos financieros nos acechaban cada mañana con el estruendo de sus trompetas anunciando un nuevo apocalipsis económico. Por faltar, en este corto verano no ha faltado ni la visión travestida de una Angela Merkel convertida en un renovado general Pavía presto a imponer la reforma constitucional en España a golpe testicular de caballo y con la impagable ayuda mamporrera del bipartidismo.

Todos estos y otros episodios informativos hacen difícil que el otoño sea más caliente que el verano. Pero también parecen presentarnos como algo ineludible que no lo sea. Por lo pronto, la presidenta del FMI, Christine Lagarde, ya se ha encargado de caldear el ambiente al señalar el riesgo de una nueva recesión. Una advertencia que en última instancia no es más que una amenaza para todo aquel –llámese sindicatos o 15M- que no acepte voluntariamente su condición de cautivo y desarmado frente un ejército neoliberal dispuesto a tomar sus últimas posiciones al precio que sea.

Una batalla final para la que no se desecha, si es preciso, el efectivo recurso a la bestia. No es extraño por ello que estos últimos días la ultraderechista Liga de la Defensa Inglesa haya dejado patentes cuales empiezan a ser sus poderes en la calles de Londres. O que al otro lado del océano, en las prósperas tierras brasileñas, las andanzas de las bandas neonazis en São Paulo se cobrara la vida de un hombre. Antes, nos estremecimos en la isla de Utaya. No sorprende. Al fin y al cabo, las altas temperaturas sociales siempre han creado las condiciones más propicias para que con su calor se incube el peligroso huevo de la serpiente.

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