De naufragios, casinos y silencios


La tragedia del trasatlántico Concordia frente a la costa de Giglio tiene algo de metafórica representación de esta Europa a la deriva, arrastrada por el oleaje de la crisis y los ajustes,  en donde si hay algo que amenaza con hundirse irremediablemente es precisamente eso, la concordia. No en vano, la inmensa mole del buque humillado por la fuerza marina nos permite evocar hoy aquel lejano naufragio del Medusa inmortalizado por Théodore Géricault, en el que sus desesperados supervivientes a duras penas lograron conservar fuerzas mediante el recurso último de alimentarse de sus propios muertos. Porque la antropofagia social parece ser la última alternativa que se ofrece a un Viejo Continente, donde nuestros tratadistas han decidido que la salud de las entidades financieras es más importante que el bienestar de sus ciudadanos.

En realidad, no hay sorpresas. Es el triunfo del hegemónico capitalismo de casino, cuyas desregulaciones del mercado iniciadas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan han terminado por llevarse por delante a  115 millones de europeos que se hunden en la pobreza. La ruleta neoliberal de la fortuna se transforma así en ruleta rusa. En cualquier caso, el juego no puede parar. Y las reglas del casino mandan, pues ellas, nos advierten los sabios, son la única solución.

No es extraño, pues, contemplar la rastrera competición que estos días protagonizan Esperanza Aguirre y Artur Mas por atraerse hacia Madrid o Cataluña las inversiones anunciadas por Sheldon Adelson, el gran magnate de Las Vegas, el decimosexto hombre más rico del planeta. Un pastel muy goloso ya que el presidente de Las Vegas Sands Corporation adula sus oídos con una inversión de 18.000 millones de euros con la que crear el gran casino de Europa que, asegura, generará miles de empleos con sus mesas de juego, hoteles, restaurantes y campos de golf. Eso sí, a cambio de no llevarse todo al Oriente, millonario, el nuevo rey Midas solo reclama que se le regalen los terrenos, que se cambie el Estatuto de los Trabajadores para que los sindicatos no aparezcan por sus posesiones, que se retoque la Ley de Extranjería para poder traer empleados de donde le convenga, que la Ley del Tabaco no se aplique en sus salones, que se le perdonen los impuestos en España y que modifiquen a su antojo la ley del blanqueo de capitales para poder llevarse el botín sin restricciones.

 Adelson pide y Aguirre y Mas toman nota de las condiciones. Lo hacen con humildad, pero con entusiasmo, el mismo que ponen Cristóbal Montoro y Luis de Guindos en su pugna por convertirse en el sonotone de Mariano Rajoy para escuchar y complacer a los mercados. Hasta en sus más íntimos deseos.

Y de este modo, la bolita de la fortuna sigue saltando azarosa  sobre las treinta y siete casillas de la ruleta, al igual que la bala solitaria gira fría en la recámara del revolver apoyado en la sien. Y mientras gira y gira, todos callan. Pero a diferencia del alegórico mono que tapaba su boca con las manos como señal de sabiduría, el nuevo silencio que hoy impera no esconde prudencia, sino miedo. Más aún, detrás de él anida una desesperación similar a la que la pasada semana llevó a un millar de presos en Kirguistán a coserse los labios. Ellos lo hicieron como protesta. Aquí, entre nosotros, las punzadas que nos cierran la boca no buscan la denuncia. En el mejor de los casos solo tratan de conjurar ese recuerdo del Medusa que hoy nos trae el Concordia. Se conforman, en fin, con refrenarnos la tentación de ser los primeros en devorar el cadáver de nuestros compañeros muertos en este enloquecido naufragio.Imagen

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