Los flujos oscuros que nos amenazan


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El cosmos ha sido desde el origen de los tiempos la gran encarnación del misterio. En él los humanos han buscado a menudo las fuerzas que rigen sus vidas. Otros, desde Tales de Mileto a Einstein, pasando por Ptolomeo, Copérnico o el televisivo Carl Sagan, han preferido centrarse en la ardua labor de desentrañar racionalmente sus enigmas. Una labor arriesgada, origen de algunas de las polémicas más intensas de la historia. En ocasiones incluso extremas, como las que tuvieron que sufrir Hipatia de Alejandría o Galileo.

Hoy las discusiones sobre astrofísica no tienen conclusiones tan dramáticas, aunque eso no impide, sin embargo, que las controversias sigan marcadas por el apasionamiento. Una de las polémicas más actuales gira entorno a la hipótesis de que no exista un único universo, sino que en realidad el espacio contenga numerosos multiversos que se moverían como burbujas tiradas por una extraña fuerza denominada el flujo oscuro. Una teoría fascinante que nos abre las puertas a universos paralelos con influjos mutuos y hasta posibles colisiones. El problema está en la dificultad que tienen los investigadores para poder demostrar sus hipótesis, a pesar de lo mucho que se ha avanzado en la recopilación de nuevos datos gracias a los más modernos dispositivos, como los obtenidos por el satélite Planck.

Por fortuna, quienes pasamos más tiempo mirando al suelo que a las estrellas no necesitamos esperar la confirmación de la última imagen obtenida por el más potente telescopio para tener plena certeza de que esas realidades paralelas existen. Nuestra convicción no se fundamenta en la resolución de una compleja ecuación matemática, sino en la seguridad que hace mucho nos transmitió Paul Éluard cuando nos enseñó que, del mismo modo que hay otras vidas, pero están en ti, también hay otros mundos pero están en este.

Hoy también sabemos que esos universos, mundos y realidades paralelas no solo están junto a nosotros, sino que además pugnan por imponernos la lógica de su propia órbita, fingiendo para ello seguir una ley tan natural como la que marca el influjo de la luna sobre las mareas. Solo que en este caso su fuerza no viene marcada por principios mensurables por la física cuántica, sino por la energía liberada por la confluencia avasalladora del poder político y el poder económico.

El último de estos burbujeantes universos del que hemos tenido noticias se ha venido en llamar Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión, aunque se le conoce más por sus siglas en inglés de TTIP. Para sus defensores, como José María Aznar que lo presentó tiempo atrás en la Fundación Faes, este acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea nos trasladará al séptimo cielo de la prosperidad y el empleo gracias a la barita mágica de las desregulaciones y el libre comercio. Sorprende por ello que tan altruistas objetivos se estén negociando secretamente en los sótanos más profundos, a salvo de miradas indiscretas. O simplemente democráticas.

De este modo, el TTIP se ve envuelto por el velo de ocultismo que le imponen unas élites convencidas de que para la ciudadanía no existe máxima más acertada que aquella que reúne ojos que no ven con corazones que no sienten. Al menos por ahora. Porque una vez aprobado, el acuerdo no sólo será sentido por nuestros corazones. Lo sufrirán nuestras leyes sociales y ambientales, que podrán ser sorteadas más fácilmente por las grandes corporaciones. Lo padecerán nuestros derechos a una representación sindical tan cuestionada como necesaria en estos tiempos de precariedad y pobreza. Lo tendrá que aguantar un sistema legal que verá impotente ante unos inversores que podrán recurrir a entidades de arbitraje privadas para defender sus intereses. Lo soportarán unos consumidores con menos mecanismos de control. Lo sobrellevarán unos servicios públicos reducidos mayoritariamente a un mero listado de potenciales privatizaciones.

No obstante, justo es reconocer que, para algunos, no todo es tan siniestro en el universo paralelo del TTIP. Los ciudadanos a cambio podrán olvidarse del problema de la corrupción política. O de los debates bizantinos sobre la conveniencia de un gran pacto PP-PSOE que frene el ascenso de Podemos y la revolución bolivariana en las encuestas. Todo ello carecerá de sentido desde el momento en que la entrada en vigor del tratado certifique oficialmente la muerte de la democracia. Tal vez por ello, sería bueno recordar que cuando Éluard descubrió la existencia de esos otros mundos, desistió de polémicas estériles y prefirió sumarse a la Resistencia.

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