La escopeta nacional ataca de nuevo


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Los fabricantes de quintaesencias patrias siempre han gustado de vincular el pretendido espíritu hispano con una extraña idea de trascendencia. Lo español quedaría fijamente encarnado, a su juicio, en esas figuras alargadas y sombrías del Greco, abocadas a un gesto de figurantes sobreactuados en un perpetuo entierro del conde Orgaz. Del mismo modo, esa inclinación ante el sentimiento trágico de la vida nos despertaría una irresistible atracción por la muerte y especialmente por su escenificación, como quedará patente no solo en el supuesto arte de la tauromaquia, sino también en esa rara predisposición que nuestras élites han mostrado por las prácticas cinegéticas a lo largo de la historia.

No sorprende por ello que la representación de la caza fuera uno de los temas  que primero trató el arte por estas tierras, como se puede comprobar en el arte rupestre levantino. Ni que la pose cazadora fuera la elegida por algunos de nuestros regios dignatarios, como Felipe IV inmortalizado por Velázquez junto a su mastín empuñando su escopeta. Una escena temática que el pintor repetiría con el cardenal infante don Fernando de Austria y el pequeño príncipe Baltasar Carlos. Siglo y medio más tarde, Francisco de Goya retomaría la misma composición para situar como protagonistas a Carlos III y Carlos IV. Varias guerras civiles más tarde, Francisco Franco se encargó de regalarnos una amplia colección de fotografías y metros de películas del NODO, apareciendo en las más variadas poses de montería, deporte que junto a la pesca y la firma de sentencias de muerte, era uno de los más practicados por el caudillo.

 Para entonces era el cine quien mejor sabía plasmar la trabazón existencial entre las estructuras de poder en España y ese ejercicio de perseguir, acosar y abatir a una presa. Carlos Saura –que en 1959 nos dejó una de las más bellas aproximaciones en clave neorrealista al universo taurino con Los golfos– lo consiguió de forma sublime al radiografiar sin concesiones en La caza (1965) la asfixiante y violenta atmósfera del franquismo. Una década más tarde, José Luis Borau volvió a llevar a la pantalla la cacería como metáfora de la violencia social con su duro melodrama Furtivos (1975), protagonizado por el malogrado Ovidi Montllor. Hasta que, finalmente, Luis García Berlanga lograra popularizar el asunto, dándole un giro esperpéntico y grotesco para presentarnos en La escopeta nacional (1977), los patéticos comportamientos de unos sectores económicos y políticos ávidos por repartirse los despojos de un régimen agonizante.

Luego llegaría la libertad sin ira, la modernidad y hasta la Movida. En la nueva España democrática y europeísta, la caza parecía pegar menos con las canciones de Alaska y los Pegamoides que una pelliza con piel de borrego. Así que, a diferencia de los toros que encontraron algún cobijo en el cine de Almodóvar, las cacerías terminaron por desaparecer de nuestro imaginario. Sin embargo, ocurrió con ellas como con esos discretos movimientos tectónicos, que permanecen ocultos a nuestra mirada hasta que tarde o temprano se manifiestan como terremoto. Y así ha sido.Solo que ahora sus apariciones no han logrado la exquisitez artística de antaño para acabar reducidas a la astracanada más vulgar y chabacana.

La primera evidencia de que el espíritu de la cacería continuaba poseyendo a nuestros próceres nos llegó con la ya lejana muerte de Mitrofán, aquel oso amaestrado y borracho al que el entonces rey Juan Carlos tuvo a bien abatir en los bosques rusos. Fue un primer aviso al que, sin embargo, no quisimos hacer caso. Pronto sería demasiado tarde. Algún tiempo después, Carlos Delgado, entonces consejero de Turismo balear, nos dejaría perplejos al exhibirse en plena embriaguez cazadora con los testículos de un ciervo en la cabeza. Para entonces ya habíamos entrado en una senda sin retorno. La apoteosis final la protagonizó de nuevo el ex monarca al romperse la cadera mientras cazaba elefantes junto a la bella princesa Corinnazu Sayn-Wittgenstein por las tórridas tierras africanas. Era el principio del fin.

Ahora, cuando vemos el sinnúmero de amigos del poder que han convertido el  Parque Nacional de Cabañeros en su coto privado gracias a la desinteresada gestión del PP tenemos la sensación de estar asistiendo a un mal remake del clásico de Berlanga. Solo que la genialidad de Saza es sustituidad por la mediocridad actoral del naviero Alejandro Aznar, el empresario Alberto Cortina, el presidente del Bankinter Pedro Guerrero, condes, marquesas y hasta de algún magnate árabe. Y lo mismo nos ocurre con las suculentas monterías toledanas en las que constructores y dirigentes populares confraternizaban entre disparos y negocios turbios.

Con todo, no es que la película que nos ofrecen sea más que decepcionante. Lo malo de verdad es que en todo este tiempo, las balas perdidas no han dejado de darnos siempre a los mismos.

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