Los encantadores de serpientes


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Pocos saberes han provocado tanta atracción en los hombres como el arte de encantar serpientes. No es extraño, pues se dice de estos reptiles que tienen  la capacidad de encender deseos tan incontenibles en sus víctimas que éstas no dudan en precipitarse en la perdición cuando se hallan bajo su influjo. Al fin y al cabo, uno de ellos fue el responsable de la pérdida del paraíso, razón que por si sola justificaría la fascinación que despierta en la mirada occidental ese misterioso sabio que con oscuros conocimientos consigue dominarlos.

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El encantador de serpientes remite así a lo más íntimo del ser humano, donde se aúnan el deseo y el miedo. Geografías que por cobardía es preferible mantener enterradas bajo la losa del inconsciente. O proyectarlas hacia lugares tan remotos que podamos sentirnos a salvo en nuestra distancia. Bien lo intuyeron los pinceles de Jean-Léon Gérôme, Paul Désiré Trouillebert o Mariano Fortuny cuando imaginaron el exotismo sensual y onírico de Oriente. Iconografías sedientas de pipas de kif, odaliscas y encantadores de serpientes que, sin embargo, pronto quedaron reducidas a mero reclamo turístico por un colonialismo prosaico, ávido de imágenes con las que ilustrar sus pretensiones expansionistas.

 

Tal vez por eso, Henri Rousseau fue más allá a la hora de evocar paisajes ensoñadores. El tardío artista se empapó untitleddel espíritu de sus antecesores en las Ferias Coloniales o en espectáculos como el mareorama que por aquellos años  proponía el cartelista Hugo d’Alesi en la Exposición de Paris de 1900: un ingenioso artilugio con forma y capacidad de buque  que permitía a los visitantes simular con todos los sentidos una travesía entre Marsella y Yokohama, contemplando los paisajes de Argel, Estambul o Singapur pintados sobre gigantescos lienzos en movimiento. Rousseau se emborrachó con aquel imaginario, pero sin embargo renunció a seguir su estela.

 

En lugar de ello recolectó los elementos necesarios para crear su propio espacio idealizado. Los encontró junto al Sena en el Jardin de Plantes, donde descubrió las más bellas especies vegetales de todos los confines, o en la “menagerie”, esa casa de fieras donde los animales más voraces conservaban su dentellada mortal tras las rejas de sus jaulas. Por eso, cuando Madame Delauny le pidió que condensara en imágenes sus experiencias por India y Egipto, de las pinceladas de Rousseau no surgieron las callejuelas de Calcuta o Bombay, ni el bullicio de los bazares de El Cairo que le relatara la viajera. Lo que tomó cuerpo en el lienzo fue la naturaleza exuberante y desbordada que había descubierto en sus paseos parisinos. Y en el centro, la silueta serena de la encantadora fortunyde serpientes, como una directora de orquesta poniendo orden en aquella sinfonía salvaje.

 

Décadas más tarde André Bretón retomaría aquel imaginado territorio para recorrer el camino inverso. El creador surrealista huyó del París ocupado, con el equipaje lleno de las naturalezas idealizadas por Rousseau, y al llegar a las Antillas francesas proyectó sobre aquellas tierras la jungla utópica que trajo de Europa. Surgiría así, hecha mujer árbol, su Martinica, encantadora de serpientes, paraíso último tan desesperado como inútil. No en vano, el pobre poeta que escapaba del nazismo terminó hallando su refugio en unas islas premonitoriamente controladas por el gobierno de Vichy.rousse1

 

Hoy Guadalupe en llamas le escupe a la cara del Elíseo tantos años de idealización caribeña construidos sobre la exclusión y el racismo, haciendo añicos de paso los paisajes ficticios de Bretón. Las Antillas arden en barricadas mientras Nicolas Sarkozy observa la escena como el encantador atónito que olvidó las notas precisas de su flauta en el momento justo en que la cobra se yergue amenazante frente a él. Y es que en estos primeros pasos desorientados del siglo XXI la magia de los adiestradores de sierpes hace tiempo que perdió los colores como las fotografías gastadas que nos remiten  a otro tiempo. Acosados por la policía y las leyes proteccionistas que han proliferado desde los años 70, los encantadores se manifestaban estos días atrás por las calles de Calcuta dejando constancia con el estridente sonido del been  de su definitivo archivo en el desván del olvido. Sin otra alternativa qa-snak1ue la picaresca cotidiana. O la esperanza de que el monzón despierte alguna víbora en los barrios residenciales y los ricos de Nueva Delhi reclamen los servicios de los de su casta para limpiar de culebras sus jardines.

 

Por ello en estos tiempos los auténticos encantadores de serpientes no se encuentran ni en poblados como Badarpur, ni en mercados como el de Marrakech. Los auténticos profesionales en estas artes escriben los discursos de Obama, Zapatero, Berlusconi o, en reinos más modestos, los de Francisco Camps. Ellos se empeñan en convencernos de que nos seduce su música. Pero las serpientes son sordas. Y lo único que provoca su hipnótica danza es el miedo.

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2 comentarios sobre “Los encantadores de serpientes

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  1. Por mi parte, de atracción por las serpientes ninguna,son animales pérfidos, traidores y que llegan sin avisar y cuya mordedura es muchas veces letal…

    Pero reconozco que los cuadros que ilustran tu Entrada si, son encantadores… me siento como en casa pero sin ofidios, en la Jaima no hay…

    En cuanto a los actuales encantadores de serpientes los hay en todas partes,y donde menos te los esperas…y no nos seducen ya su música…

    Un abrazo, José Manuel, excelente Post y muy bien documentado e ilustrado como acostumbras.

  2. Hola, Selma, me alegra verte por aquí y que, como dices, te sientas como en tu casa/jaima con estas ilustraciones. He de reconocer que pese a los múltiples reparos ideológicos me encanta la iconografía orientalista. En cuanto a tu valoración de las serpientes, bueno, te pediría que fueras más generosa, al fin y al cabo solemos ser nosotros quienes nos metemos sin avisar más veces en su territorio, que ellas en un espacio que ignoran que es nuestro.
    Un beso

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