Las olas


Faltaban pocos días para la Navidad de 1977 cuando las olas comenzaron a dejar pequeños bultos sobre la arena de las playas de Santa Teresita y Mar del Tuyú. Eran tímidos cuerpos descoyuntados, avergonzados de sus grotescas posturas encogidas y empapadas. Los forenses, tras una rápida inspección ocular, tuvieron pocas dudas sobre las causas de la muerte: “choque contra objetos duros desde gran altura”. Cumplido así el trámite administrativo, aquellos cientos de rostros deformados, de osamentas inertes y fracturadas, fueron trasladados hasta el cementerio de la municipalidad de General Lavalle, al este de la provincia de Buenos Aires, y sepultados sin más identificación que una N.N. que los reducía a la anónima condición de sin nombre.

En 2003 muchos de aquellos cuerpos devueltos por las olas comenzaron a tomar rasgos propios, a perfilar sus miedos, sus añoranzas, sus horrores, su determinación. Fue así como, gracias al trabajo de otros forenses, volvieron a recuperarse poco a poco los rasgos melancólicos de Esther Ballestrino, la dulce sonrisa de María Ponce y la elegante mirada de Azucena Villaflor. Ellas y otras diez mujeres habían cometido la locura de ser las primeras en acudir, un 30 de abril de 1977, a la bonaerense Plaza de Mayo para exigir noticias de sus hijos detenidos por los militares. Entre el 8 y el 10 de diciembre de aquel mismo año, las tres fueron secuestradas y trasladadas a la Escuela Superior de Mecánica de la Armada. En el mismo presidio también fueron confinadas las religiosas francesas Leonnie Duquet y Alice Domonn, que les habían apoyado en los primeros pasos de aquel movimiento que acabaría siendo conocido como las Madres de la Plaza de Mayo. Todas ellas, junto con otros cientos de detenidos, fueron torturadas, drogadas, embarcadas a bordo de aviones y helicópteros y finalmente lanzadas sobre la húmeda fosa del Río de la Plata.

A los mandos de uno de aquellos aparatos iba el oficial Julio Poch, quien en todo momento mantuvo en el interior de aquellas cabinas la misma profesionalidad que demostró décadas más tarde pilotando aviones para una compañía holandesa de bajo coste. Una misión bien realizada de la que, orgulloso, no le importó jactarse durante una cena en Bali ante sus nuevos compañeros, tras una rutinaria jornada de vuelo. Dos de ellos, horrorizados, lo denunciaron y el 22 de septiembre de 2009 era detenido en el aeropuerto de Manises. Meses después fue extraditado a Argentina donde, sin embargo, el pasado diciembre fue puesto en libertad. El tribunal consideró que el relato informal durante aquella velada de su participación en los “vuelos de la muerte” no podía considerarse una confesión.

Ahora, el pasado viernes, el juez Sergio Torres ha vuelto a decretar su ingreso en prisión al considerar que hay nuevas evidencias y testimonios que le inculpan en los asesinatos de Esther, Azucena, María, Leonnie, Alice y al menos otros 36 cuerpos dislocados sobre la playa. Pruebas entre las que está la felicitación escrita remitida por el vicealmirante Antonio Vañek por sus aptitudes para las “especiales tareas impuestas”. Si la causa logra prosperar, la fresca espuma de aquellas olas habrá permitido evitar un nuevo naufragio en la injusticia. Quién sabe, quizá por eso en España los verdugos fueron más precavidos y dejaron los cadáveres bajo la seca tierra de las cunetas, bien lejos de la solidaria caricia de las mareas.

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