La senda


Pocas veces un editorial consigue transmitir tantos matices en su titular como el escogido por El País para evaluar la renuncia de Georgios Papandreu a consultar a los griegos sobre el protectorado neoliberal a que están siendo sometidos: “Recuperada la senda”. Estas tres sencillas palabras fueron suficientes para evidenciar el pánico contenido ante la lejana posibilidad de que los ciudadanos puedan pronunciarse sobre las políticas económicas que les devuelve a la condición de siervos de la gleba del capital financiero. Unas prevenciones, por cierto, que desaparecen a la hora de reclamar la necesidad de oír a los mercados, esa realidad aparentemente etérea, pero compuestos por banqueros, especuladores y consultores tan de carne y hueso como los pensionistas helenos que cada día son sometidos a esta peculiar eutanasia social que se ha venido en llamar planes de ajuste.

 

Pero el mérito del titular no radica solo en evidenciar ese desprecio a las más elementales formas democráticas, más allá de alguna que otra matización políticamente correcta. El principal atractivo está en su capacidad para evocarnos esa añeja vía, tan alejada de las modernas obras públicas, como impregnada de evocaciones agrestes, que es la senda. Peculiar camino ese que nos traslada en nuestro imaginario –o, al menos, en el de mi generación- a las viejas películas en blanco y negro de las tardes de sábado, aquellas en las que el esplendor cromático de la selva quedaba reducido a una gradación de grises que nuestra mirada infantil se encargaba de colorear. Porque si en el inconsciente colectivo existe una senda capaz de atraparnos, esa no es otra más que la senda de los elefantes.

 

No parece desafortunado que el grupo Prisa acabe recuperando indirectamente este icono cinematográfico que tanta luz parece dar sobre la realidad que vivimos. De hecho, aunque desvelarlo no fuera la intención del editorialista, los tiempos que nos han tocado en suerte se parecen a esa ruta última por la que los elefantes se encaminaban hacia el recóndito refugio donde exhalar su último aliento bajo la mirada protectora de Tarzán. Más aun, la visión de esa retahíla de paquidermos viejos, agotados y moribundos se asemeja cada vez más, en los hechos, a la imagen que cada día proyecta Europa de sí misma. Y frente al cortejo fúnebre del mastodonte europeo, jaurías de ejecutivos se relamen calculando los beneficios que obtendrán con la venta del cargamento de marfil que esperan obtener con un mínimo esfuerzo: sólo sentarse a esperar a que el pesado animal desfallezca, sin que ningún hombre mono venga a rescatarlo con su alarido justiciero de la codicia del cazador blanco.

 

Mientras tanto, los únicos rescates existentes no nos llegan de liana en liana, si no que están orquestados por el FMI. Y las recetas que ortodoxos y heterodoxos liberales improvisan contra la crisis, no parecen ofrecer muchos motivos para la esperanza. La última  ocurrencia llegó la pasada semana del Congreso norteamericano. La Cámara, con los votos favorables de 396 congresistas y la oposición de solo nueve, acordó mantener en los billetes de dólar y edificios públicos el lema In God we trusth, como la mejor defensa para afrontar estos tiempos difíciles. Los republicanos yankis confían, incluso, en que tras este pronunciamiento institucional sean más las entidades y particulares que se animen a acogerse bajo la protección de tan sagradas palabras.

 

Confiar en Dios, o en los elefantes, esa es la tesitura. Porque todos estos años de crisis acumulados, parecen evocarnos a un único desenlace cinematográfico posible: aquel en el que los gigantes de la selva de Ceylan destruían enloquecidos la plantación del avaricioso esposo de Elizabeth Taylor, una barrera especulativa que interrumpía su milenaria senda hacia el agua. Yo, algunas noches, parece que ya siento el estruendo de sus pasos por las avenidas de la ciudad.

 

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