La burbuja


La burbuja, con su frágil transparencia, parece marcar el pulso de la realidad española en los últimos años. También por su inevitable estallido, ese que pone final al esférico y delicado elemento. Si hace unos años fue la burbuja inmobiliaria la que acaparó todo el protagonismo económico, hasta dejarnos después en el actual desespero de cascotes y ladrillos rotos por la crisis, hoy el turno le llega a otra perniciosa pompa que emerge amenazante de las profundidades marinas.

Su origen se encuentra en ese fenómeno volcánico que desde finales de septiembre mantiene sin aliento a los vecinos de La Restringa, en la isla de El Hierro. Lo que comenzó como un hecho geológicamente anecdótico ha terminado convirtiéndose en una experiencia para ellos, con tintes apocalípticos. Temblores de tierra, magma explosivo, aparición de peces muertos son solo algunos de los elementos que componen este escenario dantesco para unos hombres y mujeres que cada hora ven un poco más lejos el momento de regresar a sus hogares. Son manifestaciones de un particular y pequeño fin del mundo que tiene en ese intenso olor a azufre que parece impregnar el aire, las aguas, las piedras, todo, a su principal elemento.

Expertos vulcanólogos y sismólogos se afanan contrarreloj estos días en hacer previsible la evolución de unos acontecimientos que hoy parecen precipitados, pese a seguir los tiempos milenarios de las leyes geológicas. Aunque, en ocasiones, al seguir estos sucesos uno no puede dejar de pensar en que detrás de la tragedia, pero sobre todo, detrás de este intenso olor fétido que surge del fondo del mar, no se esconden solo los caprichos imparables de la placas tectónicas, sino la lógica de un sistema político y social español que parece abocado con la crisis económica a sus más inevitable descomposición.

Y es que hace mucho que no hace falta dirigir los órganos olfativos hacia las tierras danesas, para comprobar que algo huele a podrido a nuestro alrededor. De hecho, al igual que las fisuras que permiten el escape de los gases de las profundidades magmáticas, la deriva del régimen surgido de la Transición parece conducirle a su resquebrajamiento hasta liberar los hediondos aromas que emanan de sus instituciones más alabadas. Así, la afición del  yernísimo Iñaki Urdangarín por el vil metal y sus amistades peligrosas con el dirigente del PP balear Jaume Matas, han hecho del caso Palma Arena la primera pústula visible de una Casa Real muy alejada de la idílica visión, heroica y campechana, que los medios fueron construyendo como imagen oficial desde la muerte del dictador.

Los dos últimos bastiones de la España eterna, el  PP y la monarquía, parecen de este modo hermanados en la ciénaga profunda de las cloacas. Y lo hacen justo cuando el primero se encamina con paso triunfal hacia la Moncloa, como metáfora olfativa de los cortos vuelos que se pueden esperar de la inminente alternancia. Un relevo en los poderes ejecutivos del Estado que, a su vez, viene marcado por crisis y la descomposición del proyecto presuntamente socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, aquel que comenzó con la retirada de las tropas de Irak y el matrimonio homosexual y que hoy culmina con antidemocráticos cambios constitucionales y recortes sociales. Y como colofón al ocaso de su gobierno, con un premonitorio Ministerio de Cultura instaurando  un Premio Nacional de Tauromaquia, suculento -30.000 euros- a la vez que premonitorio de los tiempos casposos que se avecinan.

Así las cosas, parece difícil librarnos a corto plazo del nauseabundo olor a azufre que nos envuelve. A menos  que el próximo temblor de la tierra permita expulsar toda la escoria acumulada en los abismos del mar. Quién sabe si entonces podamos llevarnos la sorpresa de encontrar una isla nueva, una tierra virgen y por explorar.

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