Celia Gámez versus Javier Krahe


La derecha española siempre ha mostrado una curiosa inclinación deportiva hacia la espeleología, esto es, hacia la caverna. Por eso no resulta extraño que animado por los avances del alzamiento financiero internacional, el equipo de Mariano Rajoy regresara a Madrid rescatando los finos compases del ¡Ya hemos pasao! con que Celia Gámez puso banda sonora al arranque de una lejana Victoria que duraría cuarenta años. Hasta los más modernos de entre sus filas, como Alberto Ruiz Gallardón, se han dejado llevar por el entusiasmo arremetiendo contra el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y demostrando así una vez más que la caspa puede tener efectos más adictivos que la cocaína, especialmente cuando se consume envuelta en aromas de sacristía.

Estos primeros meses de hegemonía absolutista popular han sido pues pródigos en olor a naftalina. Ahí están esos envalentonados académicos de la lengua, capaces de convertir el debate sobre el sexismo en chascarrillos de taberna cuartelaría, con Ignacio Bosque y Arturo Pérez Reverte encantados en su papel de cabos chusqueros. Como tampoco se queda atrás la afición del ministro José Ignacio Wert a sacar cada dos por tres en procesión el prepucio incorrupto de Manolete a mayor gloria de la tauromaquia, esencia cultural de nuestra España de pandereta, única en el arte de combinar poéticamente los castizos olores patrios a sudor, sangre y boñiga. O, cómo no, la espiritual inclinación del catolicismo nacional a la doble moral, esa espiritual guía que ilumina al consejo de Ministros cuando aprueba pretendidas medidas en favor de la transparencia mientras Rajoy, recuperando aquel catalán que José María Aznar tan bien dominaba en la intimidad, indulta a los corruptos ex altos cargos de Jordi Pujol sin necesidad de acogerse a ninguna vía Nanclares. Piedad para con el reo que, en fin, parece haber enternecido también al fiscal del Estado que ha decidido evitarle al condenado Jaume Matas, al menos por el momento, el mal trago de su ingreso en prisión.

Estos nuevos tiempos de resucitada España eterna con regusto a polvorón rancio, tendrán este miércoles un nuevo episodio en el juzgado de lo Penal número 8 de Madrid. Allí una asociación ungida con la misión celestial de cristianizar el Derecho sentará en el banquillo a Javier Krahe. Los defensores de aplicar el cilicio al Código Penal, consideraron insufrible para sus sentimientos píos que el artista osara realizar en 1978 un cortometraje ilustrando la gastronómica propuesta de cocinar un crucifico. Su pase televisivo en 2004 desató las iras de tan beatífico grupo que no dudó en presentarle una querella por escarnio contra el sentimiento religioso. Su tesón fue tal que hasta el desaparecido y democrático Jesús Polanco, presidente del Grupo Prisa, declaró persona non grata al cantante, tal vez con el mismo dolor de corazón que sintieron en 1986 los responsables de RTVE que, pese a sus convicciones progresistas, decidieron vetarle después de que el cantante hiciera el indio acusando a Felipe González de hablar con lengua de serpiente.
Frente al luto de sotana que nos quiere imponer la nueva España oficial, Javier Krahe se reafirma con su pagano perfil de Quijote descreído y bon vivant. Desde que los influjos de George Brassans le llevaron a subirse a un escenario, el cantante madrileño nos ha enseñado con sus letras que no existen molinos de viento que justifiquen la renuncia al deseo de una caricia de Marieta, recordándonos que todo es vanidad mientras nos invita a adentrarnos por los caminos ácratas del gozo, aunque llevemos un poso de melancolía en el fondo de nuestro whisky.

Hoy vivimos malos tiempos para el vitalismo burlón, irreverente y libertario que caracterizó esa otra cara de España. Hoy, frente al placer, se nos reclama el sacrificio de la renuncia, la penitencia del sacrificio. Los ajustes económicos llegan, de este modo, envueltos en los hábitos moralistas y lúgubres de Torquemada. Por eso el miércoles unos sentarán a Krahe en el banquillo. Por eso, también, el jueves otros saldremos a las calles, para hacer al menos ruido. Aquel estruendo de tambores que tanto le gustaban a Luis Buñuel.

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