El PP, Hide y el pequeño Nicolás


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El doble, ya lo decía Freud, nos acerca a lo siniestro. Por eso nos fascina. Es el Otro imbuido en nosotros mismos, capaz de destaparnos deseos y miedos. Un Yo oculto que a veces nos asalta tras la frágil cortina de una ducha en el solitario motel de Norman Bates. O nos sorprende superando la dualidad para convertirse en trío, como en aquellas caras de Eva que encarnara Joanne Woodward. Hasta pueden llegar a ser multitudes, aunque sean fingidas. Fue así como  Lon Chaney se ganó el sobrenombre del hombre de las mil caras, especialmente recordado por sus trabajos en aquellos filmes de terror de los años 20. Porque al final, ese Otro, ese doble, esas multitudes, siempre termina turbándonos al dejarnos a las puertas del miedo con la dualidad más básica de todas: la que enfrenta a Jekyll y Hide.

Esta atracción por el doble y el Otro ha encontrado su encarnación en España con la desconcertante historia de Francisco Nicolás Gómez-Iglesias, ese pequeño Nicolás del que, ahora, la buena sociedad no deja de preguntarse quién es en realidad. A sus veinte años, este camaleónico muchacho ha logrado desconcertar a medio Madrid presentándose unas veces como agente secreto, otras como amigo de Mariano Rajoy, otras como íntimo del Rey o como asesor personal de Soroya Sáenz de Santamaria. Sus habilidades sociales le permitieron aparecer en la coronación de Felipe VI o, más difícil todavía, sentarse a la diestra del mismísimo Aznar. Solo que al final resultó ser un don Nadie, un desgraciado de tres al cuarto, nacido en el seno de una familia de clase media gris –eso sí, gris marengo y de derechas-, sin oficio ni beneficio y que solo buscaba aprovechar la versatilidad de sus personalidades para estafar algunos miles de euros al cándido empresario de turno que se dejara embaucar con su verborrea, tan fácil al parecer, como los buenos pelotazos que auguraba con su compañía.

Al final, el pequeño Nicolás no sería más que un hábil timador, tal vez demasiado ambicioso como para esperar esos pocos años de más que le hubiesen permitido convertirse en Don Nicolás sin levantar tantas sospechas. Claro que no podía ser de otro modo. Al fin y al cabo, el joven que se esconde al otro lado de Nicolás, sin necesidad siquiera de cambiar de nombre, es hijo de estos tiempos con prisas, que se agotan en el instante. Del mismo modo que no sorprende la seguridad con que se adentró en el vientre hinchado de la ballena del PP, no en vano, si algo caracteriza a los populares es la naturalidad con que han aprendido a convivir con el doble.

De hecho, cada día que pasa es más evidente que los conservadores españoles han logrado un grado de entendimiento con su pluralidad de personalidades que, lejos de anhelar un diván psicoanalítico desde donde bucear en su identidad, han terminado por asumir como normal la presencia entre ellos de cualquier Otro, sin hacer demasiadas preguntas. Porque lo malo de las preguntas es que, en ocasiones, algunas encuentran respuesta, por eso es preferible, mientras la cosa funcione, mantenerse en la ignorancia. Al fin y al cabo, ¿qué ganaban averiguando quién se escondía detrás del angelical rostro del pequeño Nicolás?

El problema es que cuando uno se adentra en la espeleología de las identidades, nunca se acaba de descender. Así que suponiendo desenmascarado los secretos del enigmático Nicolás, ¿y luego qué? ¿Preguntarse si detrás de Acebes se esconde Bárcenas? ¿Descubrir, acaso, quién es el Hide encargado de manejar la Caja B? No. Definitivamente, resulta mucho más cómodo no hacerse preguntas que terminar mirándole a los ojos a lo siniestro.

Ilustración: Evelio Gómez

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