Que se jodan nuestros sepultureros


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Hay películas que nos dejan turbados. En Zoo (1985), el neobarroco cineasta británico Peter Greenaway nos presentó la obsesión de unos zoólogos gemelos por captar en imágenes el proceso de descomposición de la vida, la corrupción final. Su obcecación llegará a tal extremo que les llevará a intentar grabar su propia destructiva transformación post mortem; aunque, al final, un impredecible avatar impidiese filmar la culminación de las mutaciones experimentadas por sus dos cadáveres.

Es posible que a más de uno resulte desagradable este asunto. Lo siento, pero no he podido remediarlo. Desde hace días no me quito de la cabeza el recuerdo de esta película. Al principio no sabía muy bien la razón. Achacaba el recuerdo a alguna imagen con la que imperceptiblemente me había cruzado sin ser consciente de ella, algo que habría leído u oído sin prestar mucha atención, pero que me había impactado con suficiente intensidad como para poner en marcha los mecanismos que llevaron a mi inconsciente a evocar el filme.Sin embargo, por mucho que me esforzaba por mucho no lograba descubrir la clave de tan insistente recuerdo cinematográfico.

 Hasta que de repente lo comprendí. Lo que me traía a la memoria el trabajo de aquellos extravagantes zoólogos no podía ser otra cosa que España. En efecto, de un tiempo a esta parte las noticias que me llegan de España me hacen sentir como ellos, atónito y fascinado a un tiempo, viendo como el país va hundiéndose en la podredumbre, en la corrupción total. España transformada en un cadáver agotado de su propia muerte y entregado en cuerpo sin alma a la voracidad de Francisco Granados, Luis Bárcenas o cualquiera de los innumerables insectos necrófagos que proliferan por estas latitudes con una variedad y cantidad que asombraría al mayor experto en entomología forense.

Su apetito insaciable ha llegado a tal extremo que estos deleznables seres no solo han devorado los difuntos de ayer y de hoy, sino que inmisericordemente ya han fagocitado hasta los cadáveres por venir. Bien lo saben los 11,7 millones de españoles a los que, según el último informe de Cáritas, les han devorado el presente y el mañana, condenándolos a vagar como muertos vivientes por el limbo de la exclusión, ajenos al alborozo con que los mercados reciben la envidiada resurrección de nuestra economía, a la borrachera de éxito con la que nuestros gobernantes nos conducen al callejón sin salida de una más que probable tercera recesión que nos remate.

Aunque no todo es negativo. Una de las cosas buenas que tienes los muertos es que, por ejemplo, ya no necesitan disimular. La mayoría, es cierto, acepta resignada el proceso de podredumbre final y asume como inevitable la descomposición que conduce al país a la desaparición. Así lo confirmarían los últimos estudios demográficos. España perderá un millón de personas en 15 años, 5,6 millones en 50 años… Es la definitiva cuenta atrás hacia la nada.

Pero tampoco resulta extraño que nuestro descompuesto cadáver patrio se muestre cansado de oír siempre los mismos consuelos en sus velatorios, por mucho Mariano Rajoy sobreactúe alpedir perdón a nuestras desconsoladas viudas y viudos. Nos sale entonces la mueca sarcástica de la calavera, con ese privilegio del que gozamos los difuntos de no tener que guardar las formas. Por eso, no sorprende que algunas palabras -como Podemos, por ejemplo- sean percibidas con la misma expectación que debió sentir Lázaro cuando alguien gritó a su lado: levántate y anda. Al fin y al cabo, ya se sabe, pensamos los muertos: de perdidos al río. Y que se jodan nuestros sepultureros.

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