James Cagney y la sutil teoría del orden público


En otros tiempos, cuando los sueños todavía eran en blanco y negro, nadie podía imaginar otro enemigo público que no fuera James Cagney. La cara ancha del actor neoyorquino pondría rostro al gánster más peligroso surgido de los bajos fondos  en el célebre filme de William A. Wellman. Su pelo ondulado y su mirada picarona pero capaz de adquirir la firmeza más perversa en una fracción de segundo, modelaban a la perfección los perfiles del personaje. Igual que su frialdad al disparar, sin sobreactuaciones inútiles, con el brazo en ángulo recto empuñando la pesada pistola, con el codo bien pegado al cuerpo mientras el humo de la detonación le envolvía. Todo ello hacía de Cagney la encarnación perfecta de ese villano de fotograma tan soberbio y seguro de si mismo al que, en el fondo, todos nos queríamos parecer.

Hoy, cuando la vida se empeña en regresar al blanco y negro, pero los sueños quedaron proscritos por orden de banqueros y gobernantes, el enemigo público reaparece en los titulares. Aunque para Antonio Moreno, jefe superior de Policía de Valencia, el enemigo nunca ha sido Cagney. Bajo su docta opinión, asentada en el saber acumulado en la Brigada Político y Social donde se adentró en la difícil ciencia de identificar disidentes, el verdadero enemigo son los estudiantes, los revoltosos del 15M, cualquiera, en fin, que sea  incapaz de entender esa “subtil teoria del ordre públic” que Raimon evoca en una canción sobre tiempos que se creían lejanos

El azar ha querido que las declaraciones de este aplicado policía llegaran pocos días después de que Eugenio Merino desatara la polémica en Arco con su Always Franco,  realista representación del dictador dentro de una nevera de Coca Cola que le mantiene fresco. Una bienintencionada propuesta que ha desatado las iras de la Fundación Franco pese a su inocencia y lo errado de su planteamiento. Porque en realidad quien ha estado conservado a baja temperatura durante todos estos años no ha sido el encanijado cuerpo del Caudillo, sino nosotros mismos, congelados en un frigorífico de colores chillones bajo la promesa de disfrutar eternamente de la chispa de la vida. Solo este espejismo en la sociedad española explica que sigan tantos huesos esparcidos en las cunetas. O que Iñaki Urdangarín, Francisco Camps, Carlos Fabra, los directivos de Emersa, Jaume Matas, los leales de Rafael Blasco en Cooperación, Francisco Correa o Álvaro Pérez, entre tantos otros, no tengan el menor pudor en tratar los fondos públicos con el mismo desdén con que un señorito andaluz miraría su cortijo tras escuchar complaciente el último discurso de Queipo de Llano.

Aunque tal vez no ha sido el azar el que ha llevado a Moreno a recordarnos estos días la resurrección del enemigo. Un enemigo que no se asemeja en nada al malvado de cine negro encarnado por Cagney, ni al esperpéntico adversario de las guerras de Gila. Es un enemigo de perfiles concretos de carne y hueso, listos para ser aporreados, detenidos, fichados, vigilados. El veterano policía nos lo recuerda precisamente en estos tiempos inciertos, cuando el desmerengamiento económico parece confirmar aquel anuncio de que todo lo solido se desvanece en el aire. Justo ahora, cuando la lucha de clases regresa con la misma sorpresa de aquel personaje de la rumba de Peret: aquel que no estaba muerto, aquel que solo estaba de parranda.

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