El síndrome de Hamlet


Desde que un lejano 30 de enero de 1649, el tiránico rey de Inglaterra Carlos I observó con impotencia como el verdugo le separaba la cabeza del resto del cuerpo, las monarquías de todos los reinos viven bajo los efectos de una rara enfermedad. La dolencia se acrecentó siglos más tarde cuando Luis XVI y María Antonieta perdieron su barroca compostura al sentir el silbido frío de la guillotina sobre sus cuellos. Fue así como el mal acabó convertido en una pesadilla crónica. Me refiero, claro está, al Síndrome de Hamlet, una extraña afección que, cada vez que se detecta un leve enfriamiento en la veneración de sus vasallos, provoca en los monarcas una irresistible inclinación a emular al Príncipe de Dinamarca y debatirse angustiados entre las dudas del ser o no ser.

Estos días, su sintomatología parece haber desatado todas las alarmas en la Zarzuela, incubada por el supuesto robo a mano desalmada protagonizado en las arcas públicas por el duque del Palma, Don Iñaki Urdangarín. De hecho, pese a los apresurados halagos de María Dolores de Cospedal, Marcelino Iglesias y los principales editorialistas de la Corte, lo cierto es que el reciente discurso de Nochebuena de Su Majestad no parece ser tanto una respuesta al escándalo desatado por su atlético yerno, como las primeras manifestaciones de la dolencia shakespeariana. Al fin y al cabo, su Alteza en ningún momento mostró su malestar ante la corrupción que parece anidar entre sus cercanos, sino que se limitó a manifestar su enorme preocupación ante “la desconfianza que parece estar extendiéndose” hacia la Casa Real, síntoma incuestionable del Síndrome de Hamlet.

En todo caso, parece lógico que las presuntas irregularidades cometidas por el esposo de la Infanta Cristina, no sean la causa de los desvelos del rey, pues, al fin y al cabo, estaba al corriente de ellas al menos desde el año 2007. Sin embargo, a pesar de su inquebrantable convicción en que la justicia es igual para todos, el monarca no comunicó entonces los hechos a la Fiscalía, sino que optó por los discretos servicios del conde de Fontao y marqués de San Saturnino, don José Manuel Romero Moreno, confiado en que su mediación evitara que el escándalo despertara esa “desconfianza” que hoy tanto le preocupa. El monarca, en suma, actuó así no por indiferencia hacia el uso del dinero público, sino presumiblemente arrastrado ya por un insalvable temor por la enfermedad.

Porque aunque hace tiempo que los avances de la ciencia lograron evitar que el desenlace de este mal acabe irremediablemente con la regia cabeza diseccionada en un cadalso, la posibilidad de perder el cetro y la corona continúa siendo una perspectiva insufrible para muchos monarcas. Tanto es así que algunos están dispuestos a cualquier cosa para evitar ese trance. Incluso, si es preciso, a renunciar a la familia. Así ha tenido que hacerlo, a pesar de sus firmes convicciones católicas, la familia real española: enviar a tierras lejanas a su propia hija, sangre de su sangre, renunciar al calor de los nietos en  la Navidad. Lejos, bien lejos, lo más lejos posible para evitar a cualquier precio el temido contagio.

También es cierto que esta cuarentena de la distancia no es nueva para los Borbones españoles. De hecho, parecen estar ya bien acostumbrados a ella desde aquel soleado 14 de abril, cuando Alfonso XIII abandonó velozmente Madrid al volante de su flamante Duesenberg, dejando en la Villa a su esposa y su hijo enfermo. El propio Juan Carlos I conocía bien en carne propia el dolor del distanciamiento familiar, desde mucho antes de que recomendara el ostracismo voluntario a la Infanta y su esposo. Tuvo ocasión de sufrirlo cuando le impuso la renuncia al trono a su propio padre y aceptó recuperar la Corona de la mano de un sanguinario caudillo por la gracia de Dios. Eso sí, nunca lo hizo por ambición, sino por ahuyentar el fantasma del Síndrome de Hamlet. Y siempre, siempre: por España.

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